En la tranquilidad de su hogar, un destacado pitcher se prepara para disfrutar de su cena, traída de su servicio de comida preferido. En su nevera, se encuentra una de sus delicias favoritas: un asado de paleta de res alimentada con pasto, acompañado de un surtido de verduras y una suave aioli de mantequilla de trufa negra. A lo largo de dos años, ha degustado este plato en 250 ocasiones, y aún así se refiere a él como su “comida trampa”.
A las siete de la tarde, se sintoniza un partido de los Rangers donde el veterano Jacob deGrom se calienta para lanzar, a sus 37 años, mientras que Noah Syndergaard, de 33 años, se relaja en el sofá con un poco de agua de plátano. Su postura revela una mezcla de expectativa y reflexión mientras observa a deGrom calentarse.
Syndergaard compartió: “Pronto cumplirá 38 años, lo que me da esperanza”. ¿De un regreso? Su respuesta es incierta: “Aún tengo intenciones, tal vez sea solo una ilusión”. El béisbol siempre ha abrazado las historias de regresos inesperados, especialmente las de los lanzadores. Menciona la experiencia de R.A. Dickey, quien, después de años de altibajos, ganó el premio Cy Young a los 38 años, o la de Daniel Bard, que resurgió a los 35 después de una pausa.
Algunos profesionales del béisbol escogen probar suerte en ligas extranjeras para recuperar su forma en entornos de menor presión. Sin embargo, Syndergaard se resiste a dejar a su familia. Para él, la metáfora de “la zanahoria” que le motiva no es el dinero, sino la necesidad de recuperar su identidad.
La búsqueda de esa identidad ha sido ardua. Ha trabajado con numerosas autoridades en mecánica de lanzamiento, quienes le ofrecieron diferentes consejos para mejorar: “activa tus caderas, baja más rápido, no uses las piernas”. A pesar de la recuperación física, lo más desafiante fue una forma menos tangible de problemas en el campo: una variante leve de los “yips”.
Este fenómeno, temido y poco comprendido en el ámbito del béisbol, puede dejar a un lanzador vulnerado. Rick Ankiel, cuyo trayecto se vio truncado al perder la capacidad de lanzar strikes, considera los yips como “una lesión mental de la que nadie quiere hablar”. No obstante, Syndergaard está dispuesto a compartir su perspectiva.
Define los yips como un estado de hiperconciencia no deseada: “Estando en medio de un lanzamiento, me encontraba pensando: ‘¿Qué está pasando ahora mismo?'”. En lugar de disfrutar de la fluidez en sus movimientos, se tornó consciente de cada gesto. Asocia esta lucha a una escena de “Harry Potter”, donde el personaje queda atrapado en Devil’s Snare: “Debes relajarte; cuanto más luchas, más difícil se vuelve salir”.
A medida que este pitcher reflexiona sobre su trayectoria, su historia captura la esencia del deporte: la perseverancia ante la adversidad y la esperanza de nuevos comienzos, resonando con todos aquellos que buscan recuperar su pasión y propósito.
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