La situación de la historia del arte en el Reino Unido es alarmante. Una encuesta reciente de la Asociación para la Historia del Arte revela que solo 80 colegios ofrecen un A-level en esta materia, un descenso notable desde las 122 instituciones que lo ofrecían hace una década. El año pasado, apenas 838 estudiantes se presentaron a este examen, lo que sugiere que el interés entre los jóvenes está disminuyendo.
El panorama podría parecer más alentador si se considera un incremento significativo en las inscripciones recientes. Sin embargo, esta mejora se basa en una comparación con 2019, cuando solo 483 alumnos optaron por la asignatura. Observando tendencias más largas, es evidente que el interés ha ido en declive: 20 años atrás, cerca de 1,000 alumnos tomaban el A-level, y 40 años atrás, eran aproximadamente 4,000. Además, el acceso a estas clases suele estar marcado por una brecha de clase, ya que tres de cada cuatro escuelas que imparten historia del arte son de pago.
A pesar de la caída en las inscripciones a nivel escolar, las universidades muestran un panorama más estable, con unos 1,200 estudiantes matriculados anualmente en programas de pregrado. No obstante, al observar el contexto más amplio, se percibe una disminución casi del 30% durante la última década. La historia del arte se enfrenta así a un posicionamiento como una materia élite en un entorno académico cambiante.
Entre las causas de esta crisis, se destacan cuestiones económicas y políticas. La historia del arte es considerada una materia costosa, que requiere profesores especializados y materiales onerosos, incrementados por las tarifas que exigen los museos, que se autodenominan inclusivos. Las reformas del currículo de los últimos 20 años han favorecido a disciplinas de STEM, dejando a las humanidades en un segundo plano. En 2016, el gobierno conservador incluso intentó abolir el A-level en esta materia.
Sin embargo, es imperativo preguntarse si realmente estamos enseñando historia del arte de manera efectiva. Aunque no se puede ignorar el esfuerzo que realizan los educadores en circunstancias desafiantes, debemos cuestionar si el enfoque que aplicamos puede estar contribuyendo a la falta de interés.
Durante las últimas dos décadas, se ha promovido la historia del arte no solo como una disciplina educativa, sino como una herramienta para desarrollar la “alfabetización visual”, vital en la era digital. No obstante, esta perspectiva instrumental puede reflejar una falta de confianza en la propia materia. Un reciente documento de referencia del Quality Assurance Agency sugiere que la historia del arte es relevante por su capacidad para descifrar ideologías dominantes y resistencias a la hegemonía en torno a la clase, la etnicidad y más. Aun así, este enfoque puede desgastar el atractivo de la historia del arte, al centrarse más en la condena que en la comprensión del patrimonio cultural.
Un contrastante camino se observa en Francia, donde la historia del arte se considera más como una disciplina histórica que se basa en objetos y archivos. En el contexto británico, se ha intentado salvar la materia resaltando su utilidad moral, pero quizás lo que realmente necesita es ser presentada como algo valioso en sí mismo, más allá de su aplicación práctica.
La conclusión es clara: el futuro de la historia del arte en el Reino Unido requiere un replanteamiento. ¿Es posible hacer que esta disciplina no solo sea útil, sino que también despierte curiosidad y pasión genuina? Solo así podremos comenzar a revertir la preocupante tendencia de su desaparición en la educación formal.
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