El panorama energético de México se caracteriza por un alto grado de dependencia que pone en riesgo la soberanía del país. Actualmente, el 75% del gas natural que se consume es importado, y sorprendentemente, el 80% de esas importaciones proviene de un único estado estadounidense: Texas. Este escenario no solo refleja una estrategia a largo plazo fallida, sino que también deja a México vulnerable ante situaciones climáticas adversas y decisiones regulatorias en Estados Unidos.
Un claro ejemplo de esta problemática se observó recientemente cuando el aumento en los precios de la gasolina forzó a la presidenta Claudia Sheinbaum a reducir el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) para mantener el precio de la gasolina Magna en 24 pesos. Esta intervención, aunque comprensible, es vista como una medida insuficiente y costosa para las arcas del país.
Desde que Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia en 2018, la dependencia del gas extranjero ha crecido del 64% al 75%. Durante su administración, la producción nacional de Petróleos Mexicanos (Pemex) ha caído, pasando de 2.7 a 2.3 millones de pies cúbicos diarios. En contraste, la demanda eléctrica, impulsada por la preferencia por la Comisión Federal de Electricidad (CFE), se incrementó de 7.6 a 9.1 millones de pies cúbicos diarios. Esta brecha ha sido llenada sistemáticamente con gas de Estados Unidos.
La situación se complica debido a la falta de inversión en nuevas tecnologías de extracción y a la perpetuación de problemas operativos, como la contaminación en Cantarell. A pesar de las promesas de independencia energética, la realidad demuestra un aumento en la dependencia.
Sin embargo, la presidenta Sheinbaum parece estar tomando medidas concretas para cambiar esta tendencia. En una reciente conferencia de prensa, anunció la creación de un comité científico que evaluará la posibilidad de explotar gas en lutitas, un recurso ignorado por su predecesor. El gobierno propone utilizar agua no potable en el proceso y optimizar el reciclaje de fluidos para alcanzar una producción proyectada de más de 5,100 millones de pies cúbicos diarios para 2030, un objetivo que, aunque ambicioso, podría resultar crucial para la autonomía energética del país.
Además, Sheinbaum ha fijado metas para diversificar la generación eléctrica, aumentando la participación de energías renovables del 24% al 38% para 2030. Esta estrategia no solo es ambientalmente necesaria, sino que también podría ayudar a reducir la dependencia de las importaciones de gas, dado que el sector eléctrico consume más de la mitad del gas natural que se utiliza en el país.
Para lograr una verdadera soberanía energética, México necesitará inversiones significativas y un enfoque transparente hacia la realidad de su situación actual. El camino que la presidenta está comenzando a trazar podría ser un punto de inflexión después de años de decisiones poco efectivas. Con una meta de producción que supera los 5,100 millones de pies cúbicos diarios y un incremento en las energías renovables, se abre una ventana de oportunidad para enfrentar los desafíos del futuro energético del país.
En tiempos donde las decisiones en el extranjero afectan directamente la economía nacional, el desarrollo de una estrategia sólida y adaptable podría marcar el inicio de un nuevo capítulo en la historia energética de México.
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