Desde Ecuador, Suiza y Alemania, María Pessina y sus hermanos vivieron cuatro días de angustia buscando noticias sobre su madre, Magnolia, tras el devastador terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio. A medida que la desesperación crecía, una foto en un grupo de chat confirmó lo que temían: Magnolia había perdido la vida en el derrumbe de su edificio en Caracas. “La agonía terminó”, expresó María, quien se encontraba de regreso a Quito justo antes del desastre.
Durante sus tres semanas de visita, María había abordado el vuelo de regreso unas horas antes de los sismos. Al aterrizar, su teléfono se inundó de mensajes, ya que muchos creían que aún estaba en la capital venezolana. “El terremoto ocurrió justo cuando yo volaba”, relató a la AFP. Mientras trataba de reunirse con su familia, recibió un video que mostraba el edificio destruido, lo que intensificó su angustia.
Junto a sus hermanos, María activó grupos familiares en redes sociales y contrató a un motorizado para buscar información en hospitales sobre los vivos, heridos y desaparecidos. A través de un grupo de WhatsApp, vecinos del edificio Petunia en Caracas lograron comunicarse con emigrantes que buscaban a sus seres queridos en países como Estados Unidos, España y Panamá.
Después de días de incertidumbre, un mensaje en el chat indicó que habían recuperado un cuerpo. María pudo confirmar que era su madre al reconocer la ropa que llevaba puesta. “Pasé tres semanas limpiando y doblando su ropa”, comentó, revelando la tristeza y la nostalgia de un proceso tan doloroso.
La situación de los Pessina es un reflejo de la angustia que enfrentan millones de venezolanos en el exterior. La tragedia del terremoto dejó más de 2,645 muertos y muchos desaparecidos, mientras que el éxodo de venezolanos marca la mayor ola migratoria de América Latina, con 7.9 millones de personas que han dejado el país en la última década, según ACNUR. Desde diversas ciudades del mundo, la diáspora se organizó para enviar ayuda humanitaria, incluyendo medicamentos y donaciones.
La inquietud de las familias es palpable. Andre, un familiar desde Miami, declaró que aún no tienen noticias de su cuñado, Jorge Sedano, atrapado en el edificio Vallarta. Los vecinos de La Guaira se unieron para organizar rescatistas hasta que llegó ayuda internacional.
A medida que la indignación crece, se reportan robos de dinero entre los escombros, lo que ha dejado a quienes aún esperan noticias de sus seres queridos sin palabras. “No han llegado a tiempo para salvar vidas, pero sí para robar”, lamentó una familiar.
Hoy en día, el dolor se mezcla con la nueva realidad de despedidas virtuales. María y su familia se preparan para un adiós simbólico a su madre, que probablemente se llevará a cabo a través de una transmisión por streaming. “No sabemos cuándo, todo eso es un caos ahora”, admitió María, mientras imaginaba una ceremonia cargada de música, un recordatorio de la alegría que Magnolia brindaba.
La comunidad del edificio Petunia, donde muchos residentes tienen familiares en el extranjero, comparte el luto y la memoria de aquellos que ya no están. María Pessina reflexiona sobre la dualidad de vivir lejos y la urgencia de mantener la conexión con su hogar. “Estamos viviendo aquí, pero con la cabeza allá”, concluyó, evidenciando la compleja pero íntima relación de la diáspora con la tragedia que afecta a su país de origen.
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