Un domingo por la mañana a finales de noviembre, un repartidor de pan de 31 años, Aldo Escamilla, se disponía a hacer una entrega en la colonia Roma de Ciudad de México. Sin embargo, sus planes fueron interrumpidos por un episodio de violencia que lo dejó herido y lo envió al hospital. Mientras entregaba su pedido, Aldo encontró su vehículo con una llanta baja, lo que lo llevó a confrontar a un grupo de franeleros que bloqueaban el espacio público a cambio de dinero. Su reclamación desencadenó una agresión física: fue golpeado y, aunque logró escapar, resultó con lesiones considerables.
Asustado, Aldo buscó ayuda policial y, al encontrar una patrulla, relató lo sucedido. No obstante, los policías solo lo acompañaron brevemente, dejando a Aldo en una esquina donde había una cámara de vigilancia, sin brindarle la atención médica que necesitaba. La ausencia de acción efectiva por parte de las autoridades resaltó su desconfianza hacia un sistema que no parece responder a las preocupaciones de la ciudadanía.
La problemática causada por los franeleros no es un fenómeno aislado en la zona. De acuerdo con datos de la Consejería Jurídica y de Servicios Legales en Ciudad de México, entre el 1 de octubre de 2024 y el 20 de febrero de 2026, se produjeron 5,564 remisiones al juzgado cívico por obstrucción a la vía pública, siendo la mayoría de los infractores hombres. Esta situación ha llevado a que el Congreso de la Ciudad endurezca las sanciones, incluyendo arrestos de hasta 36 horas y mayores multas. Sin embargo, la implementación de estas medidas ha encontrado resistencia y escepticismo entre los ciudadanos debido a la falta de recursos y voluntad en su ejecución.
Los franeleros —denominados también ‘viene viene’— han convertido la obstrucción de espacios públicos en un negocio informal que impacta en la vida diaria de los capitalinos. Aldo, que recorre diferentes zonas por su trabajo, observa que la agresividad y las demandas por parte de estos individuos no son uniformes; en el centro de la ciudad son mucho más impositivos y abusivos. En un incidente previo, le habían exigido 50 pesos por estacionarse en un lugar que claramente estaba permitido.
La creciente presencia de franeleros se amplifica en momentos de eventos masivos, donde sus tarifas pueden dispararse. Recientemente, durante un partido entre la selección mexicana y Portugal, se reportaron cobros absurdos, rozando los 500 pesos, en áreas cercanas al Estadio Azteca. Aunque la ley contempla diversas sanciones para los infractores, la realidad muestra que el arresto fue la medida más aplicada, con 2,716 casos registrados, seguidos por 2,655 multas impuestas.
Aldo, además de ser víctima de una agresión, sufrió un desprendimiento de córnea en este episodio. Su historia es un reflejo de la feroz lucha por el control de las calles en una ciudad donde los franeleros parecen haber tomado un rol preponderante, complicando aún más un panorama que ya enfrenta un elevado índice de informalidad laboral del 54.8%, según el INEGI.
La mayoría de las personas detenidas por obstrucción de la vía pública tienen entre 26 y 40 años, lo que indica que el fenómeno atraviesa distintas generaciones. La situación es tan alarmante que la persona más joven registrada tenía apenas 12 años, contrastando con el caso más extremo de una persona de 89 años.
A pesar de sufrir agresiones y reconocer que los franeleros son un problema creciente, Aldo manifiesta cierta comprensión por sus circunstancias. “Cuando son amables, no tengo problema en darles dinero. También es una necesidad de acuerdo a las condiciones en las que vivimos en la ciudad”, explica. Su historia pone de relieve no solo la complejidad del fenómeno de los franeleros, sino también la lucha diaria de los ciudadanos por la seguridad y la convivencia en un espacio público que debería ser común para todos.
En conclusión, la situación sigue siendo un reto para las autoridades y la sociedad civil, que deben lidiar con el equilibrio entre la necesidad de empleo de muchos y la protección de los derechos de los ciudadanos que simplemente buscan transitar libremente por las calles de su ciudad.
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