Las ciudades que albergarán el Mundial de Fútbol en 2026 están inmersas en un acelerado proceso de preparación, fenómeno habitual en la organización de grandes eventos deportivos. Esta edición del torneo se concentrará en tres ciudades, con la Ciudad de México (CDMX) tomando un papel destacado en los esfuerzos de adecuación.
Actualmente, múltiples obras están en marcha en la CDMX, especialmente en dirección al Estadio Banorte de Tlalpan. Las mejoras incluyen el tren ligero, el metro, banquetas, ciclopistas y vialidades. Además, el aeropuerto AICM está en proceso de remozamiento superficial. Sin embargo, las renovaciones buscan no solo embellecer la ciudad, sino también minimizar disfunciones y caos durante el evento.
El gobierno local sugirió que, como medida, la población se quede en casa durante el Mundial, mientras que a nivel federal se planteó la posibilidad de cancelar clases para reducir el tráfico y la tensión social. Pese a estas intenciones, la transformación ha causado molestias a los ciudadanos, exacerbando problemas ya de por sí serios, como la movilidad y el deterioro de la infraestructura.
Por ejemplo, la estación de metro Auditorio, cercana a una gran concentración de hoteles, estuvo cerrada por casi cinco meses, provocando un aumento del ambulantaje en sus entradas. Además, varias estaciones de la Línea 2, que conecta desde el Zócalo hacia el estadio, enfrentaron interrupciones constantes en su servicio.
Los esfuerzos realizados con la intención de hacer la ciudad más funcional y atractiva para los visitantes podrían no alcanzar el éxito deseado. Dos aspectos preocupantes llaman la atención en este contexto: la deficiencia en la planificación y ejecución de las obras, junto a la falta de respeto hacia la ciudadanía.
Primero, la prisa y la improvisación son evidentes. México fue designado como sede parcial del Mundial en 2018, y la mayoría de las obras empezaron apenas en 2024, coincidiendo con la llegada al poder de la actual administración. Comparativamente, México recibió el Mundial de 1986 con una preparación más mesurada, incluso tras atravesar crisis severas como una recesión económica y un devastador terremoto.
En segundo lugar, las intervenciones parecen enfocarse en responder a problemas urgentes únicamente para impresionar a los visitantes. Por ejemplo, el AICM, que ha padecido años de negligencia, ahora se mejora superficialmente, priorizando la imagen antes que la funcionalidad real del aeropuerto para los ciudadanos, quienes han enfrentado tarifas onerosas y un servicio deficiente durante años.
En este sentido, se invierte en embellecer la ciudad frente a un evento que apenas requiere la atención de unas pocas fechas, mientras se ignoran las necesidades estructurales y cotidianas de la población. Problemas de calles dañadas, fugas de agua, una movilidad caótica, fallas en telecomunicaciones y la falta de seguridad son solo algunas de las cuestiones que siguen sin atenderse.
La situación actual demanda una reorientación: menos propaganda y más mantenimiento y servicios de calidad. La experiencia histórica muestra que los Mundiales y las Olimpiadas más exitosas han surgido en contextos donde se prioriza el bienestar de los ciudadanos, como en Barcelona y Londres, mientras que los fracasos se han registrado en lugares donde esta atención fue deficiente, como en Sochi y Brasil.
A medida que el evento se acerque, será crucial observar si estas obras realmente beneficiarán a la población local o si, por el contrario, quedarán como un recordatorio de una planificación apresurada y letras sueltas en un desarrollo urbano tan necesario como desatendido.
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