Durante décadas, el cambio climático fue presentado como una amenaza futura. Hoy esa narrativa ha quedado rebasada por la evidencia. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que 2024 fue el año más cálido desde que existen registros sistemáticos y, por primera vez, la temperatura media global se ubicó aproximadamente 1.55 °C por encima de los niveles preindustriales, siendo el registro más alto en 175 años de observaciones científicas.
La cifra confirma el acelerado cambio climático del planeta a una velocidad que supera la capacidad de adaptación de muchas sociedades. Los océanos almacenan niveles récord de calor, el nivel medio del mar continúa elevándose y la concentración de gases de efecto invernadero sigue aumentando. Algunos de estos procesos persistirán durante siglos, incluso si las emisiones disminuyeran de manera inmediata.
Con frecuencia se asocia esta crisis con imágenes de glaciares que desaparecen o especies en peligro de extinción. Sin restar importancia a esos fenómenos, el impacto más inmediato se mide en términos humanos. Sequías prolongadas comprometen la producción de alimentos; inundaciones destruyen infraestructura crítica; incendios forestales desplazan comunidades enteras; olas de calor saturan los sistemas de salud y reducen la productividad económica. El cambio climático ya no representa únicamente un desafío ambiental: se ha convertido en un problema de seguridad alimentaria, estabilidad económica, salud pública y gobernabilidad.
Paradójicamente, mientras la ciencia acumula evidencias con una precisión cada vez mayor, buena parte de las decisiones políticas continúa respondiendo a horizontes de corto plazo. Las inversiones necesarias para acelerar la transición energética suelen enfrentarse a intereses económicos inmediatos, mientras que los beneficios de actuar se perciben en décadas. Esa diferencia de tiempos explica, en buena medida, por qué el conocimiento avanza más rápido que las respuestas institucionales.
La OMM advierte que el calentamiento de los océanos y el aumento del nivel del mar tendrán efectos que persistirán durante cientos de años. No significa que el destino esté escrito, pero sí que algunas consecuencias ya forman parte de nuestra realidad. Cada año de retraso incrementa el costo económico, social y humano de la adaptación.
Conviene evitar tanto el alarmismo como la indiferencia. El primero paraliza; la segunda resulta irresponsable. La historia demuestra que la humanidad ha superado enormes desafíos cuando ha sido capaz de reconocerlos a tiempo. Sin embargo, ninguna sociedad puede resolver un problema cuya magnitud decide ignorar.
El cambio climático dejó de ser un asunto exclusivo de científicos, ambientalistas o gobiernos. Determinará la disponibilidad de agua, el precio de los alimentos, los movimientos migratorios, la infraestructura de nuestras ciudades y la competitividad de las economías durante las próximas décadas. En otras palabras, hablar del clima es hablar del futuro de nuestra propia organización social.
El debate y la discusión académica obligan a preguntarnos: ¿estamos preparados para enfrentar sus consecuencias? Tristemente, la respuesta es no, por los intereses geopolíticos y económicos de la industria de los combustibles fósiles y su gran poder político, como el de las empresas del petróleo, gas y carbón, y la dependencia energética de muchos países que han detenido su inversión en energías limpias, reorientando su gasto al equipamiento armamentístico para enfrentar conflictos armados que generan emisiones masivas de carbono.
Tal vez la lección más importante de los recientes informes científicos sea también la más incómoda: el planeta no está esperando nuestras decisiones para transformarse. Lo seguirá haciendo con o sin acuerdos, con o sin discursos, con o sin calendarios políticos. La diferencia radica en si decidimos anticiparnos a esa transformación o limitarnos, una vez más, a contabilizar sus consecuencias. © 2026 Imagen – Excélsior. Todos los derechos reservados. El contenido de este sitio y de la edición impresa está protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y por escrito. El material de terceros conserva sus propios derechos.

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