En una conmovedora conmemoración del Día de Muertos, Cristina Rivera Garza realizó una conferencia-performance el 3 de noviembre de 2025, en El Colegio Nacional, donde inscribió “Liliana” en una bandeja de arena. Este homenaje a su hermana, víctima de feminicidio en 1990, resonó profundamente con el centenar de asistentes que también participaron al nombrar a sus propias pérdidas.
La actividad se enmarca en un proyecto más amplio que Rivera Garza ha estado desarrollando durante los últimos dos años, tras ser comisionada por el Humboldt Forum en Berlín. Esta propuesta busca reflexionar sobre la historia y el significante colonial de los objetos etnográficos, a través de la serie “Los objetos responden”, curada por Priya Basil. En este contexto, se seleccionó un conjunto de “story knives” o cuchillos historias, utilizados tradicionalmente por las comunidades inuits del sureste de Alaska. Estos utensilios artísticos no solo son herramientas de narración, sino que también portan lecciones ancestrales sobre la vida y las advertencias que se transmiten de generación en generación.
Rivera Garza y el artista Saúl Hernández Vargas optaron por cuestionar y reinterpretar estos objetos, enfocándose en la dualidad de inscribir y borrar, un concepto que resuena en la lucha contra la violencia de género. Durante la interpretación, se exploró cómo el proceso de borrar una historia es a menudo un acto impuesto por estructuras de poder, lo que contrasta con la libertad creativa de volver a inscribir nuevas narrativas. Este aspecto del “borrado” se convierte en una metáfora de la lucha constante por visibilizar y hablar sobre feminicidios en un entorno que tiende a silenciar estas realidades.
Hernández Vargas, en su trabajo de recreación de los cuchillos historias, optó por materiales contemporáneos como el latón y el cobre, que también recuperan la memoria de procesos de aprendizaje en oficios como el joyero. Rivera Garza, quien ha realizado otros performances, destacó la singularidad de este evento, que tuvo su primera presentación en Berlín, y expresó su deseo de compartirlo en otras latitudes.
La intervención de Rivera Garza no solo se trata de un acto artístico; es una manifestación del poder del lenguaje y del cuerpo en el espacio. Su forma de involucrarse en esta tradición performática resalta la importancia de la localización y el ritual, conectando consigo misma y con los demás en un discurso sobre lo que significa vivir en un contexto de violencia.
Este tipo de exploraciones artísticas no solo enriquecen el diálogo sobre temas cruciales como el feminicidio, sino que también invitan a la reflexión sobre nuestra propia historia y las narrativas que elegimos construir y compartir. La performance de Rivera Garza es, al fin y al cabo, un llamado a la resistencia y a la creación de nuevas historias que no sean borradas, sino que encuentren un espacio para florecer.
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