La primera alternancia de la democracia mexicana encalló en una muralla de gobernadores priístas. Los dos Ejecutivos surgidos del PAN (2000-2012) no edificaron una hegemonía que impusiera nuevas reglas a mandatarios locales que no por nada entonces fueron llamados virreyes. Así pavimentó el PRI su retorno a la presidencia en 2012, desde los presupuestos estatales. Sin escatimar todo tipo de rudezas Andrés Manuel López Obrador sorteó esa trampa, pero pasadas las elecciones intermedias ha comenzado a forjar alianzas que muestran que el beligerante presidente mexicano es también un elaborado político.
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En octubre de 2020 la prensa dio cuenta de un titular que pertenecía al siglo pasado. “Gana el PRI carro completo” es una frase que trae malos ecos a los mexicanos. Pero publicada en la actualidad, la noticia surgida de las elecciones locales de ese mes en Coahuila e Hidalgo resultaba sorprendente porque el derrotado era Morena, el partido del avasallante López Obrador. Sorprendente para la opinión pública, pero no para AMLO, que interpretó esos resultados como la confirmación de que los gobernadores opositores desvían el presupuesto público para influir en los votantes. La añeja desconfianza del mandatario en sus pares estatales solo creció.
Para entonces, López Obrador ya había establecido su estilo personal de (mal)tratar a los gobernadores que no eran de su movimiento, en 2019 solo uno de cada cinco mandatarios estatales eran morenistas. Otra vez un presidente tenía en contra a la gran mayoría de los gobernadores pero a Andrés Manuel no lo iban a capturar. Si para dejarlo claro tenía que humillarlos, sea. Las visitas del presidente a los estados inauguraron un patrón que rompía con las viejas formalidades y cortesías que tales funcionarios solían dispensarse en público: los abucheos en contra de los virreyes en su propio cotarro fue una novedad con mucho trasfondo.
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En el pasado, un presidente recién llegado era calado –puesto a prueba– por sindicatos, empresarios y otros grupos de interés. Y desde los años noventa incluso por los gobernadores. Pero a partir de 2018 López Obrador fue un quebrantahuesos. Desde la mañanera estableció el acoso y derribo de funcionarios de reguladores autónomos, periodistas e intelectuales críticos y, por supuesto, de militantes de la oposición, incluidos gobernadores, con quienes cumplió a secas las dispensas formales o legales. Eso desde Palacio Nacional, mientras que sus visitas al territorio opositor se convirtieron en hostiles mítines donde el que jugaba de local terminaba injuriado.
Las legislativas de 2021, donde además se disputaron la mitad menos una de las gubernaturas del país, solo incrementaron la tensión con un Gobierno federal que marginó a los gobernadores de las decisiones trascendentales, como las del manejo de la pandemia, incluida la vacunación contra la covid-19; la Federación incluso emprendió acciones legales por graves cargos en contra de uno de los pocos gobernadores, el de Tamaulipas (PAN), que no se quedó callado en una visita del hostil López Obrador a su Estado.
Ay Jalisco no te rajes
Luego de la elecciones intermedias, López Obrador ha tenido ya dos reuniones con el Gobierno de Jalisco. Si eso no fuera ya notable, que en tan breve periodo este presidente se haya sentado con un gobernador de oposición un par de veces, hay que decir que lo ha hecho en un formato poco visto: no solo se entrevistaron ellos, sino que hubo delegaciones de ambos. Que el presidente se reúna con el Ejecutivo de un importante Estado parecería un hecho de una rutinaria intrascendencia en otro país o contexto, pero en el México de López Obrador supone un acto político de envergadura.
Los temas ahí tratados aún son generalidades –proyectos de infraestructura o saneamiento de cuencas que para ser realidad han de encontrar aún espacio en el excel del presupuesto de 2022, que la Federación entregará a la Cámara de Diputados en septiembre. Pero la lectura política es que Andrés Manuel se ha puesto a hacer política con opositores, de cara a las elecciones de 2024 y con la divisa de que él gana si pierden los partidos que han prometido enfrentarlo coaligados en el Congreso de la Unión.
Enrique Alfaro, el gobernador de Jalisco surgido de Movimiento Ciudadano, es como López Obrador: abrasivo con la prensa, brusco de maneras a la hora de lidiar con reclamos de colectivos de mujeres y víctimas, y presto a los discursos chovinistas. Quizá por eso mismo ambos chocan. Y quizá eso es lo que los ha reunido. Se pelean en público y, ganadores como son del 6 de junio, se entienden en privado. Otros gobernadores quisieran al menos eso.


