Yúnior García Aguilera, un destacado dramaturgo cubano nacido en Holguín en 1982, ha trascendido su papel en el teatro para convertirse en una de las voces más influyentes del activismo en Cuba. Su renombre, cimentado en obras que abordan la crítica social, se ha visto intensificado por su compromiso con la realidad política de la isla, especialmente desde el estallido del 27 de noviembre de 2020 y la fallida Marcha Cívica por el Cambio en 2021.
García reflexiona sobre cómo la percepción cambió cuando comenzamos a hablar “como ciudadanos y no como personajes”. Desde su exilio en España, ha manifestado su preocupación por la crisis humanitaria que enfrenta Cuba, afirmando que el país podría convertirse en un “Estado fallido permanente”, cayendo incluso por debajo de situaciones críticas vividas en Haití.
Recuerda una conversación inolvidable con su padre, quien le cuestionó el significado de arriesgar su vida. En su respuesta, García se sintió impulsado a luchar por un futuro mejor para la próxima generación, en particular por su hijo de 14 años que aún reside en Cuba. Su llamado es claro: si la situación actual no se changes, el ciclo de sufrimiento podría persistir y expandirse a las futuras generaciones.
García expone su perspectiva sobre cómo el régimen cubano ha tomado a los ciudadanos como “rehenes”, sosteniendo que la represión es constante. Comenta que aquellos en el extranjero, aunque críticos, son considerados cómplices al enviar remesas, las cuales resultan en una dinámica de “secuestro” del país. La dictadura utiliza esta estrategia para deshacerse de voces críticas: al forzar la salida de disidentes, creen que eliminan la amenaza que representan.
Él también se detiene en los errores que cometió la oposición cívica en 2021, señalando la ingenuidad al suponer que la presión interna podría facilitar el cambio. En un contexto donde la situación ha empeorado, se cuestiona la falta de apoyo internacional que podría haber fortalecido su lucha.
La imposibilidad de organizar protestas pacíficas se convierte en otro punto clave. García relata cómo sus intentos de manifestarse fueron desarticulados por un régimen que muestra una represión asfixiante. La marcha que pretendían convocar no llegó a concretarse, revelando una dura realidad: la falta de libertad de expresión total en la isla.
Finalmente, al referirse a Europa y a España, critica la falta de entendimiento respecto a la naturaleza del régimen cubano, que está dispuesto a sacrificar su población para mantener el control. La situación demográfica es alarmante: el crecimiento de muertes en Cuba supera drásticamente a países vecinos, evidenciando el deterioro de la calidad de vida. La escasez de recursos, sumada a la corrupción endémica, crea un ambiente donde la supervivencia mismo se basa en el robo entre ciudadanos.
García lanza un ultimátum a los cubanos que todavía dudan en tomar acción: si no se busca un cambio, las próximas generaciones heredarán una carga aún mayor. El mensaje es claro: la inacción puede llevar a que en pocos años, Cuba ya no sea un país. La crisis humanitaria que vive la isla es crónica y el tiempo para abordar la situación se está agotando rápidamente.
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