Lo producido por los artistas y los escritores a cuento de la pandemia ha sido y sigue siendo una avalancha. Diarios (y, en el peor de los casos, dietarios), novelas, ensayos naturalmente pegados con adhesión de almanaque a la puntualidad de las fechas, películas, series de televisión, videojuegos y, por lo visto, una auténtica sarta de exposiciones dedicadas, en concreto, al dibujo proliferan.
Para que un hecho acceda como histórico al rango de la representación cultural hacen falta además otras dos cosas: que sea general —si es posible, mundial, planetario— y que resulte de percepción específica en la comunidad de lo colectivo (si se tratara de un acontecimiento privado, los tiempos culturales que corren, eminentemente sociales, colaborativos y neoengagés lo tomarían por no representativo, es decir, por no representable).
Aunque Walter Benjamin exigiera distancia para la mera existencia de la crítica de arte. La pandemia de la covid-19, caracterizado por (la expansión mundial, su percepción colectivizada y la estricta instantaneidad de su representación), haya empujado a los creadores con una urgencia de testigos evangélicos. Aun así, de esas tres condiciones de la vividura del tiempo contemporáneo, y como sucedía con las características del amor descritas por san Pablo, la que más importa es la última.
La urgencia de los artistas, los museos o las editoriales tiene que ver, es verdad, con elementos menos especulativos; por ejemplo, con la necesidad de proveer a un sistema de producción irrefrenable y de caducidad vertiginosa. Pero también a un fondo de la cuestión mucho más profundo. Claire Gilman, una de las comisarias de la exposición que, hasta hace unas semanas, reunió a 100 artistas en el Drawing Center de Nueva York, ha apelado a una lógica quizá demasiado simple: el dibujo brota de la intimidad.
¿Qué creemos que es un dibujo?
¿Una cosa pequeña, frágil, hecha en negro con un lapicero en un papel? El título de la exposición es más elocuente: 100 Drawings from Now. Lo que cuenta en esta exposición y en la, digámoslo así, contemporánea política del tiempo es justamente eso: que las representaciones hayan sido producidas from now y con ellas el tiempo mismo. Conocí a un crítico de arte a quien le parecía que Ludwig Kirchner dibujaba mal. Para entonces, el dibujo había dejado por completo de ser un elemento preparatorio de otra cosa; era ya una modalidad, si se quiere un género con entidad independiente. ¿Qué entendería aquel crítico por dibujar, y por hacerlo mal, en el caso de Kirchner?
El Musac de León reúne en su ‘Archivo covid-19′ materiales que no pertenecen al arte, sino a los hechos
Por qué es un dibujo lo que presentó Maurizio Cattelan en la exposición neoyorquina? Si no lo pensamos, lo sabemos; si quisiéramos razonarlo, se nos escaparía.
Porque se trata, eso sí, de una cuestión de tiempo. No de reunir arte, sino acontecimientos, como quería Napoleón. Y como lo hace, por ejemplo, el Musac de León con su Archivo covid-19, integrado por materiales que no pertenecen, en principio, a la producción artística ni a la representación de los hechos, sino a los hechos: folletos, hojas de citación, prospectos…


