Hoy conmemoramos el CCXV aniversario del inicio del movimiento de independencia de México, un proceso que culminó en 1821 con el icónico abrazo de Acatempan. Sin embargo, el festejo del Grito de Independencia el 15 de septiembre, a menudo se presenta como una distorsión histórica, transformándose en una tradición que para muchos ha perdido su esencia. Lamentablemente, en varias localidades, las celebraciones han sido canceladas este año debido a la creciente violencia en el país.
A lo largo de estos 215 años de historia nacional, han ocurrido episodios significativos que han marcado nuestra identidad como nación. Comenzamos con el Primer Imperio Mexicano, y en 1823 se estableció la República Federal. El país experimentó años de gobiernos intermitentes, incluyendo el periodo de invasión norteamericana que resultó en la pérdida de más de la mitad de nuestro territorio —un hecho que ha desencadenado una relación compleja con Estados Unidos desde entonces.
La década de 1850 trajo consigo las Leyes de Reforma, que eliminaron privilegios del clero y del ejército, marcando un hito en el establecimiento de un estado laico. Posteriormente, la intervención francesa y el Segundo Imperio Mexicano transformaron el panorama político hasta la Revolución Mexicana de 1910, que intentó poner fin a un largo periodo de dictadura y establecer un sistema más justo.
En las décadas que siguieron, México logró una notable transformación con el desarrollo estabilizador que durante el XX se tradujo en el “milagro mexicano”. Sin embargo, en los últimos años del siglo, comenzamos a transitar de forma más ordenada hacia la democracia, lo que permitió la alternancia política que no se había visto en más de 70 años.
No obstante, al cerrar el primer cuarto del siglo XXI, el país enfrenta una crisis profunda. La corrupción, la impunidad, un alarmante endeudamiento público y una creciente inseguridad son rasgos prominentes de este periodo. La militarización de funciones civiles y la subordinación de los poderes Legislativo y Judicial al Ejecutivo han contribuido a un ambiente de polarización y a la creciente influencia del narcoterrorismo, que controla vastas regiones del territorio nacional.
Las reformas constitucionales impulsadas por el actual régimen, muchas de ellas de dudosa legitimidad, han socavado la función de la Constitución como garante de certidumbre legal y han debilitado instituciones que han sido pilares en la construcción de la democracia mexicana.
Lejos de alcanzar una cultura de paz y armonía, la realidad actual nos insta a la reflexión y la acción. Estas fechas patrias deben servir de motor para la regeneración del país y la reconstrucción del tejido social. Es indispensable fomentar el diálogo y trabajar hacia una auténtica cultura de la paz, poniendo la lealtad a la nación por encima de cualquier interés particular.
De cara a los desafíos que enfrentamos, es crucial recordar que, cuando la política se orienta hacia el bienestar, las condiciones pueden mejorar. Sin embargo, cuando se encuentra en crisis, lo que antes funcionaba puede deteriorarse rápidamente. En este contexto, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de contribuir al fortalecimiento de nuestras instituciones y la recuperación de la confianza en el gobierno.
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