La idea de Alan Turing del ordenador como una “máquina universal” no significa que valga para resolver cualquier problema. La gobernanza algorítmica es muy adecuada para mejorar ciertos aspectos del proceso político, pero resulta de escasa utilidad para otros; puede corregir deficiencias y sesgos humanos, sirve para identificar determinadas preferencias, para medir los impactos, pero es inadecuada para aquellas dimensiones del proceso político que no son susceptibles de computación y optimización, áreas que no tienen una fácil cuantificación y medida, o sea, para el momento genuinamente democrático en el que se deciden los criterios y objetivos que posteriormente la tecnología puede optimizar.
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La razón de que los algoritmos sean políticamente limitados reside en su carácter instrumental. Los algoritmos sirven para conseguir objetivos predeterminados, pero ayudan poco a determinar esos objetivos, tarea propia de la voluntad política, de la reflexión y deliberación democrática. La función de la política es decidir el diseño de las estrategias de optimización algorítmica y mantener siempre la posibilidad de alterarlas, especialmente en entornos cambiantes.
En una democracia todo debe estar abierto a momentos de repolitización, es decir, a la posibilidad de cuestionar los objetivos establecidos, las prioridades y los medios. Para esto es para lo que sirve la política y para lo que no sirven los algoritmos. El gobierno algorítmicamente optimizado no tiene capacidad para resolver los conflictos propiamente políticos o la dimensión política de esos conflictos, es decir, cuando están en cuestión los marcos, fines o valores. Como decía Lucy Suchman en otro contexto, los robots actúan muy bien cuando el mundo ha sido dispuesto del modo en que debía ser dispuesto.
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La gobernanza algorítmica se orienta a realizar objetivos que no han sido discutidos, que ella misma no establece ni pone en cuestión. Ahora bien, la política democrática no es un mero procesamiento de información, sino su interpretación en un contexto de pluralismo garantizado; no se trata de cómo realizar mejor ciertos objetivos sino de cómo decidirlos.
Hay una gran diferencia entre cómo aprenden los sistemas algorítmicos y cómo se toman las decisiones democráticas. Los sistemas automáticos de decisión procesan información para realizar lo mejor posible ciertos objetivos, mientras que la política democrática, en contraste, no trata de optimizar objetivos predefinidos sino sobre todo de averiguar cuáles deberían ser esos objetivos. Lo político empieza allí donde se ha de debatir acerca de qué deben satisfacer los algoritmos, qué valores deben cumplir, a qué concepción de lo justo deben servir.
Hay un ejemplo cotidiano de esa diferencia entre decidir objetivos e implementarlos en la inadvertencia con la que se confunde lo uno y lo otro. Me refiero a ese lugar común según el cual no debería importarnos quién gobierna, si es de derechas o de izquierdas, sino que gestione bien, como si esa gestión pudiera valorarse sin recurrir a estimaciones ideológicas (lo podríamos llamar “el Principio Bertín Osborne”). Ese tópico resulta plausible solo en la medida en que, efectivamente, derecha e izquierda ya no son lo que eran y como categorías rígidas cada vez explican menos. Pero quien lo defiende no suele estar deseando una política desideologizazada sino una política despolitizada.
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Como ocurre en la política en general, también cuando hablamos de gobernanza algorítmica la idea de producir mejores decisiones con la ayuda de máquinas requiere que haya previamente un criterio acerca de qué es una buena decisión. Es cierto que la inteligencia artificial sirve para informar decisiones y optimizar resultados pero, aunque algunos economistas hayan intentado cuantificar y medir el bienestar agregado, no hay una noción predefinida e incontestable de qué es un resultado satisfactorio en política.
El sentido de las instituciones de la mediación en una democracia consiste en establecer una distancia entre la voluntad inmediata y la decisión política. El procedimiento para ello es la apertura de espacios en los que sea posible algo así como una desaceleración de las decisiones para permitir el libre intercambio de las opiniones y los puntos de vista. Una democracia requiere esta capacidad cuando se trata de satisfacer preferencias e intereses diversos, que no pocas veces plantean exigencias disparatadas.
La gran promesa de la gobernanza algorítmica es que unos resultados óptimos nos hacen olvidar los procedimientos deseables. Pero si la ciudadanía no puede supervisar ni controlar de algún modo las decisiones algorítmicas, no podemos llamar a eso autogobierno del pueblo.


