El poder de las personas es un motor fundamental que alimenta el sentido de pertenencia en diversas comunidades y culturas. En el contexto del Mundial 2026, esta conexión se ha hecho evidente en cada partido y en las calles, mostrando que las instituciones o gobiernos que logran entender esta dinámica pueden aprovecharla, mientras que aquellos que la ignoran no conseguirán el impacto deseado, independientemente del presupuesto destinado a marketing.
Un claro ejemplo de esta conexión cultural se observa en la República Democrática del Congo, que regresa a un Mundial 52 años después, tras haber participado como Zaire en 1974. La selección, conocida como Los Leopardos, se hizo notar por su vestimenta —trajes negros adornados con estampado de leopardo—, diseñados por un estilista congoleño en homenaje a un símbolo que ha representado al deporte en el país durante décadas. Este emblema, más que un simple diseño, encarna el liderazgo, la resiliencia y el coraje de un pueblo que ha encontrado en su vestimenta una forma de expresión y dignidad. Este mensaje resuena con el movimiento “La Sape” (Société des Ambianceurs et des Personnes Élégantes), que transforma la elegancia en una forma de identidad cultural frente a las adversidades históricas.
Por otro lado, el Tartan Army escocés ha demostrado cómo una afición unida puede concentrar su pasión en torno a su identidad. Conocidos por su indumentaria de cuadros, estos aficionados han evolucionado su apodo, originalmente despectivo, en uno que representa camaradería y caridad en estadios de todo el mundo. En el Mundial, 30,000 escoceses llegaron a Boston, no solo para respaldar a su selección, sino también para hacer eco de su identidad colectiva. Esta afición ha recaudado durante décadas fondos para causas benéficas en cada país que visitan, contraviniendo la necesidad de promoción institucional.
El fenómeno del “grito vikingo” de la afición islandesa, popularizado en la Eurocopa de 2016, también ilustra este tema. Aunque inspirado por otras culturas, este clamor se apoderó del imaginario colectivo de un pueblo que se identifica con la fuerza y unidad de la figura vikingo. En el Mundial, este fenómeno ha sido replicado, como es el caso del nuevo “Viking Row” de Noruega, mostrando cómo la creatividad y la identidad pueden florecer de manera orgánica, independientemente de intentos de fabricación de identidad desde estructuras superiores.
Un nuevo símbolo se ha colado en la narrativa cultural del Mundial: un sombrero de cartón que se entregó a cada espectador en el Estadio Ciudad de México. El momento culminante ocurrió cuando 85,000 asistentes lanzaron sus sombreros al unísono al campo, creando una imagen que resonó en todos los rincones del planeta. Contrariamente a las mascotas diseñadas por la FIFA, el pato Merlín, que representa a una familia vendiendo aguas frescas, ganó el corazón del pueblo y se erigió como símbolo de conexión.
Estas historias resaltan un punto fundamental: ninguna de ellas fue forjada por gobiernos, federaciones o departamentos de marketing. Más bien, representan la esencia de la cultura y la colectividad construida desde abajo. El león y su traje, el Tartan Army, el grito vikingo, el sombrero y el pato, todos son manifestaciones de identidades que emergen en la calle y en la cancha, empoderadas por las personas.
Las instituciones que comprenden esta dinámica no se empeñan en crear identidades artificialmente, sino que ofrecen espacio para que la gente construya su propia narrativa y luego se convierten en aliados en este proceso. La esencia más robusta y perdurable de la identidad, ya sea de un país, una marca o una causa, proviene de quienes escuchan y acompañan a la gente en sus inquietudes y aspiraciones.
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