Las costumbres y creencias arraigadas en una sociedad suelen ser difíciles de erradicar, especialmente cuando estas representan prácticas negativas. A menudo, son estas malas costumbres las que se asientan con mayor facilidad, mientras que las buenas, por el contrario, se enfrentan a más obstáculos para ser adoptadas colectivamente. Modificar las malas prácticas puede resultar incómodo, ya que a menudo se percibe como una oposición a lo que se considera beneficioso y natural, aunque en realidad lo que se fomenta puede estar dañando el tejido social.
Un ejemplo claro se observa en el uso que el gobierno hace de sus políticas sociales, que frecuentemente se emplean en beneficio de intereses electorales. Esto resuena con la serie “PRI: crónica del fin,” de Denise Maerker, que ofrece una mirada profunda a la historia del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Este relato no es sólo un ejercicio de morbo; es una reflexión fundamentada sobre los patrones históricos que han cimentado su presencia en la política mexicana.
Hasta el año 2000, un libro coescrito por el actual rector de la UNAM y otros académicos abordó el impacto de las prácticas clientelistas del PRI en su historia electoral, un tema que parece resurgir con fuerza. La llegada del neoliberalismo marcó un cambio trascendental: el partido, carente de un contenido histórico claro, perdió conexión con su herencia del nacionalismo revolucionario. De esa forma, líderes actuales como AMLO se han adueñado de figuras emblemáticas del pasado, como Juárez y Madero, apropiándose también del reconocimiento de las culturas originarias.
El partido también ha dejado de aludir a la Revolución Mexicana, su razón de ser, a medida que se desmarcaba de su propio legado. Esta desconexión ha llevado a una pérdida de legitimidad y a la desarticulación de su estructura clientelar, incluidos los candados históricos a las candidaturas presidenciales. Así, la pobreza, antes un tema central de su lucha ideológica, se convierte en un mero asunto de cifras y estadísticas, distanciándose de la experiencia humana que representa.
El PRI parece haberse desvinculado no solo de su pasado, sino de su futuro. Actualmente, su liderazgo enfrenta dificultades para ofrecer una propuesta sólida, y el panorama para su reforma se presenta incierto. La visión de Diego Fernández de Ceballos ilustra esta percepción: “el PRI es inmortal, está más vivo que nunca. Solo se quitaron el chaleco tricolor y se pusieron un chaleco guinda.” Esta afirmación, que refleja un cambio superficial, contrasta con la afirmación de Juan Villoro, quien observa que el PRI no es solo un partido, sino una cultura política que ahora ha sido absorbida por Morena.
La dinámica política actual sugiere que, si el PRI no encuentra un nuevo rumbo que lo reubique como un actor significativo, podría acabar convirtiéndose en un cascarón vacío, desprovisto de lucha y propósito. Así se vislumbra un futuro donde la política en México podría estar en una constante reevaluación, un ciclo donde los cambios son cada vez más necesarios, pero insistently difíciles de implementar.
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