En el intrigante cruce entre la política y la teología en Estados Unidos, la administración de Donald Trump ha consolidado una relación particularmente notable que impacta su política exterior. Altos funcionarios como Pete Hegseth, el secretario de Guerra, ha hecho públicas sus inclinaciones religiosas, incluso mostrando en su brazo el lema “Deus Vult”, utilizado durante las cruzadas medievales. En su libro “American Crusade”, Hegseth plantea que el islam es una religión de guerra, sugiriendo que cualquier verdadero amante de los valores estadounidenses debe respaldar a Israel.
Por su parte, Mike Huckabee, embajador en Jerusalén, ha llegado a negar la existencia del pueblo palestino, afirmando que las escrituras sagradas otorgan el territorio a los israelíes. Durante una discusión sobre los límites de Israel según el Génesis, Huckabee llegó a insinuar que sería aceptable que Israel reclamase todo el territorio en disputa.
El sionismo cristiano, un fenómeno político de creciente relevancia, encuentra su vitalidad en el apoyo electoral de los evangélicos blancos, quienes representaron en 2024 aproximadamente el 25 % del electorado, con un impresionante 81 % respaldando a Trump. Esta ideología no se basa en cálculos geopolíticos, sino en una convicción religiosa que sostiene que el dominio hebreo sobre Palestina es esencial para la Segunda Venida de Cristo. Para esta base, un acuerdo nuclear con Irán no sería visto como un mero compromiso diplomático, sino como un acto de traición a un mandato divino.
La Military Religious Freedom Foundation ha reportado un incremento de situaciones inusuales desde el inicio de las operaciones militares en Irán, en las que se habrían dado instrucciones a soldados utilizando lenguaje que evoca profecías bíblicas. Este fenómeno ha llevado a un análisis más profundo que el presentado por John Mearsheimer y Stephen Walt, quienes en su obra “The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy” subrayaron cómo los lobbies israelíes han distorsionado los intereses estadounidenses en la política exterior.
La periodista Katherine Stewart, en “Money, Lies, and God”, destaca cómo el nacionalismo cristiano ha tejido redes de influencia que buscan fortalecer su presencia en el aparato del Estado americano. Esto se refleja en la teoría de juegos de dos niveles de Robert Putnam, donde cualquier negociación internacional tiene que lidiar con las dinámicas internas, complicadas por dogmas religiosos que cierran la puerta a concesiones.
El enfoque hacia la seguridad de Israel ha sido reafirmado en la Estrategia de Seguridad Nacional promulgada por Trump en noviembre de 2025, la cual advierte enérgicamente en contra de involucrar a Estados Unidos en “conflictos ajenos” y posiciona la seguridad de Israel como un “interés nacional central”.
En el marco del conflicto con Irán, el país persa está gobernado por el principio del velayat-e faqih desde 1979, donde la autoridad recae en jurisconsultos islámicos, aunque el poder real se concentre en los Guardianes de la Revolución, quienes controlan el arsenal nuclear. A pesar de estar en desventaja, Irán ha mantenido su capacidad operativa, lo que convierte cualquier ataque en un desafío costoso para Estados Unidos.
Desde abril de 2025, las negociaciones entre Irán y Estados Unidos han avanzado, con rondas mediadas en Omán y Ginebra, aunque las tensiones han escalado, como lo demuestra la visita de Netanyahu a la Casa Blanca en febrero de 2026, buscando evitar cualquier acuerdo nuclear con Teherán. Poco después de estas conversaciones, Trump aprobó ataques aéreos en respuesta a los acontecimientos en la región, lo que ha llevado a tensiones crecientes incluso dentro de su propia base política.
Algunos influyentes dentro del movimiento MAGA, como Tucker Carlson y Ann Coulter, han manifestado su crítica a la dirección militarista de Trump, mientras que figuras más radicales han llamado a su destitución, sintiéndose traicionadas por sus acciones. Joe Kent, un ex funcionario del Centro Nacional de Contraterrorismo, renunció aduciendo que Irán no representaba una amenaza inmediata, apelando al efecto de presión que Israel ejerce sobre las políticas estadounidenses.
A pesar de lo que podría considerarse una postura militarista sin un objetivo claro, el régimen iraní se afianza, mientras que Trump continúa impulsando una guerra que se vuelve cada vez más complicada. Ante la falta de claridad en los criterios de éxito, resuena la inquietud de que cuando la guerra responde a imperativos teológicos, cualquier resultado será inadecuado y la paz un objetivo elusivo.
Este panorama refleja la fragilidad de una política exterior guiada por convicciones religiosas en un contexto donde los intereses estratégicos suelen chocar, creando un ciclo de conflicto que se perpetúa sin un final a la vista.
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