La ausencia de la presidenta Sheinbaum durante la inauguración del Mundial ha puesto en evidencia una inquietante desatención del Estado mexicano hacia los eventos multilaterales. En un contexto donde el poder blando juega un rol crucial, la decisión de no estar presente ha dejado un vacío que resuena más allá de la esfera deportiva, reflejando un desinterés por parte de los gobiernos de Morena.
El estilo populista del presidente López Obrador se ha evidenciado en varios aspectos, comenzando por su postura hacia el uso del avión presidencial. Su mensaje implícito ha sido claro: “no necesito al mundo, el mundo es México”. Este rechazo a interactuar con el resto del planeta puede interpretarse como una falta de aprecio por los canales diplomáticos que son fundamentales para la representación y proyección internacional de un país.
Los protocolos diplomáticos están diseñados no solo para facilitar la comunicación, sino también para simbolizar la cohesión estatal a través de la figura presidencial. En su momento, AMLO evitaba exponer su figura en entornos espontáneos, buscando resguardar la dignidad presidencial. La presidenta Sheinbaum, por su parte, eligió un escenario controlado al evitar el riesgo de ser confrontada en un ambiente tan protagonizado por el público como un estadio. Sin embargo, esta decisión plantea interrogantes sobre la voluntad de interactuar con el mundo.
Es notable que, en esta inauguración, la figura presidencial no proyectara un mensaje ante el mundo desde el palco, lo que marca un precedente inusual. Una silla vacía simbolizaba la ausencia de no solo un líder, sino también el deterioro de una diplomacia que debería aglutinarlo todo en este tipo de eventos.
Además, parece contradictorio que la presencia de figuras como Salma Hayek, actuando como embajadora mexicana junto al presidente de la FIFA, se perciba como una representación insuficiente y fuera de contexto. La actriz, aunque reconocida globalmente, no encarna ni a la nación ni a su esencia cultural, sino que simboliza marcas de lujo y un cine sin profundidad, lo que genera un distanciamiento aún mayor entre la identidad nacional y su representación.
La diplomacia mexicana atraviesa un momento crítico, y la falta de iniciativa en invitar a jefes de Estado de naciones clave —como Estados Unidos, Brasil y Francia— para que compartieran el palco en una ocasión tan significativa, resalta una desconexión. La oportunidad de reavivar relaciones exhaustas con países como Perú y Ecuador, que carecen de vínculos diplomáticos sólidos, fue desaprovechada, debilitando aún más la posición de México en el escenario latinoamericano.
Es imperativo reflexionar: ¿qué ha llevado a esta situación? La gestión del presidente López Obrador ha adoptado un enfoque dogmático y excluyente en la diplomacia, relegando su importancia al contexto de lo estatal. La falta de presencia y estrategia en un evento de esta magnitud pone en jaque la imagen de México ante el mundo.
Como nota clave, el Mundial de América del Norte no logró reunir a los tres presidentes y al primer ministro en un solo palco, lo que subraya la impotencia de la diplomacia actual. Esta falta de acción o, más bien, inacción, deja claro que México necesita revitalizar su enfoque diplomático para recuperar terreno en el ámbito internacional.
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