En una reciente conferencia impartida por el profesor Philip Hackney de la Universidad de Pittsburgh, se abordó un tema espinoso: la política fiscal hacia las organizaciones artísticas sin fines de lucro. En el marco de una charla celebrada de forma virtual en la Marxe School de Baruch College, Hackney cuestionó si el apoyo estatal a estas instituciones es un reflejo de democracia o una mera plutocracia.
Este debate no es nuevo, pero merece ser reexaminedo a fondo. Su análisis se puede desglosar en tres interrogantes centrales. Primeramente, ¿debería el estado subsidiar las artes en absoluto? La mayoría de las ciudades y estados en EE.UU., así como el gobierno federal, parecen estar de acuerdo: el valor de la cultura es incuestionable, independientemente de cómo se exprese.
El segundo punto toca otro aspecto crucial: ¿debería el estado ofrecer deducciones fiscales por donaciones a organizaciones sin fines de lucro? Aunque hay voces en contra, la tradición de esta deducción goza de un respaldo significativo, incluso en entornos políticos hostiles. Por ejemplo, un crítico notable, el profesor Neil Brooks, argumentó que considerar las donaciones caritativas como un gasto ordinario desvirtúa la justicia fiscal; sin embargo, su postura no ha logrado el impulso necesario para cambiar la práctica en EE.UU. o Canadá.
Finalmente, si aceptamos los dos primeros puntos, surge una tercera pregunta: ¿por qué las organizaciones artísticas no deberían figurar en la lista 501(c)(3) de tipos de organizaciones que califican para deducciones fiscales? Esta exclusión no se sostiene, considerando que se reconoce la importancia de las artes en el bienestar público.
No obstante, surgen objeciones válidas. Una es que la estructura actual permite que los donantes ricos decidan a qué se destina el subsidio público, lo cual a menudo es criticado por no ser un proceso realmente democrático. Sin embargo, Hackney responde que el monto del subsidio resultante de estas donaciones es significativamente mayor que el apoyo directo del gobierno, lo que convierte en utópico pensar que el apoyo gubernamental podría igualar estas cifras.
Además, hay quienes cuestionan la verdadera naturaleza “caritativa” de ciertas organizaciones artísticas, argumentando que algunas son demasiado elitistas. Sin embargo, esta línea de pensamiento ignora el intrínseco valor de la diversidad artística, que puede abarcar desde un teatro comunitario hasta una prestigiosa compañía de danza.
La política de apoyo a las artes es compleja y, a menudo, se enreda en la ambigüedad. Cambiar algo en este sistema vigente podría no obtener el consenso necesario. Existe consenso sobre la necesariedad de subsidios que fomenten la cultura, aunque alternativas, como el reemplazo de deducciones fiscales por créditos fiscales, han sido propuestas como mejoras viables en el sistema actual.
Así, la conversación sobre la financiación pública de las artes continúa, revelando tanto las dificultades inherentes a la política pública como la importancia de las consideraciones culturales en la sociedad contemporánea.
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