Flores, restaurantes abarrotados y festivales escolares: cada 10 de mayo, México se detiene en honor a las madres. Esta celebración, una de las más arraigadas y comercialmente provechosas del país, oculta un trasfondo mucho más complejo. Lo que podría parecer simplemente un homenaje a la figura materna tiene raíces políticas que se remontan a la década de 1920, momento en que el feminismo comenzaba a abrirse paso en la sociedad.
El 10 de mayo no fue una tradición espontánea. Se instauró como una respuesta conservadora a las demandas de igualdad y derechos que emergían en el país. Según registros, el origen de esta festividad se sitúa el 13 de abril de 1922, cuando el periódico Excélsior lanzó una campaña para establecer un día dedicado a las madres mexicanas. Este evento coincide con la celebración del Primer Congreso Feminista en Yucatán, donde, en enero de 1916, las mujeres discutieron temas como la educación y el sufragio.
Sin embargo, lo que se presentó como un homenaje pronto se convirtió en un mecanismo para promover el ideal de la madre abnegada, relegando la lucha feminista. El entonces secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, impulsó esta idea al invitar a las escuelas a rendir homenaje a las “santas y abnegadas mujeres”, alineando la educación con una visión conservadora de la maternidad obligada.
Históricamente, desde el Porfiriato, la figura de la mujer como madre fue considerada fundamental para forjar un México moderno. A través de su papel en la crianza de ciudadanos con valores capitalistas, se consolidó la narrativa de la mujer-madre. Este enfoque fue radicalizado en 1944, cuando se inició la construcción del Monumento a la Madre, inaugurado en 1949, marcando la transformación del 10 de mayo de un evento periodístico a una política de Estado.
Sin embargo, la resistencia no se hizo esperar. Desde los años setenta, grupos feministas comenzaron a cuestionar el mito de la madre abnegada, abogando por una maternidad libre y el derecho al aborto. Esta protesta ha evolucionado a lo largo de las décadas, transformando la figura del monumento en un símbolo de la lucha por justicia. Para el 10 de mayo de 2026, varios colectivos de madres buscadoras han planteado una movilización en la Ciudad de México, mediante la cual demandan reconocimiento y justicia, bajo el lema “No hay nada que festejar”. Las cifras son escalofriantes: se reportan 133,679 personas desaparecidas en el país, un recordatorio de las luchas que persisten.
Así, el 10 de mayo se presenta como un día de celebración, aunque también como un espacio de resistencia. La narrativa de lo que significa ser madre en México continúa redefiniéndose, con cada año que pasa, en una danza de tradición y desafío. ¿Se convertirá este día en un evento que celebre solamente la maternidad o será también un grito de lucha por los derechos y la dignidad de todas las madres? La respuesta reside, en gran medida, en las generaciones venideras y en la capacidad de la sociedad para abrazar una visión más inclusiva y justa del papel de la mujer.
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