Si mencionas en Edimburgo que vas a ver un espectáculo de pole dance, es probable que te dirijan al denominado “Triángulo Pubis”, donde se encuentran los clubes de striptease de la ciudad. Sin embargo, el pole dance ha evolucionado considerablemente y se ha convertido en una parte destacada del festival, apareciendo en espectáculos vibrantes y emocionantes a lo largo del Fringe. Estas actuaciones no solo muestran hazañas físicas sorprendentes, sino que también abordan relatos profundos, desde el diagnóstico de VIH de una mujer hasta la relación entre una madre neurodivergente y su hijo.
Desde el auge de la década de 1990, cuando Zoe Ball hizo famosa la idea de tener un poste en su sala de estar, el pole dance se ha enseñado en estudios de baile, se ha formalizado como un deporte competitivo —con una campaña que busca incluirlo en los Juegos Olímpicos— y ha transitado desde los escenarios de cabaret hacia los teatros. Esta forma de arte es, sin duda, impresionante y, a menudo, difícil de dominar.
Gina Alm, una bailarina que fue cautivada por un video de pole dance a los 15 años, solicitó a sus padres un poste de regalo para su cumpleaños número 16. “Es algo visualmente asombroso”, comenta, enfatizando su atractivo tanto físico como artístico. Alm comparte escenario con Donna Carnow, campeona nacional de pole en EE.UU. Ambas exploran en su espectáculo “Dusk/Night/Dawn” una experiencia etérea que refleja la vida de las artistas y las luchas que enfrentan, como el desgaste físico y emocional de actuar en condiciones exigentes.
Yvonne Smink, con una vasta experiencia en la industria del pole dance, llegó a esta disciplina proveniente de la escalada. Para ella, el baile en el poste representa una especie de terapia de movimiento que le permite desconectar el pensamiento y fluir con la música. Smink ha visto un cambio radical en el uso del pole dance dentro del arte escénico; antes desconocido en el ámbito teatral, ahora se considera parte de una revolución cultural en el entretenimiento.
La versatilidad del pole dance permite que los espectadores aprecien tanto su atractivo estético como su destreza atlética. Alm afirma: “El pole realmente contiene multitudes”. En su actuación, las elevaciones y caídas no son solo trucos; son elementos que enriquecen una narrativa sin la necesidad de aplaudir en medio del espectáculo, lo que, según ella, sería un signo de error.
Los pole dancers a menudo llevan las huellas de su arte consigo, desarrollando callos en lugares inesperados y adaptando sus cuerpos a las exigencias del pole. Smink muestra sus marcas de batalla con orgullo, evidenciando la falta de tabúes sobre la fricción y el dolor que conlleva esta forma de arte. Por su parte, Sadiq Ali, también formado en pole, integra el baile en narrativas más profundas. Su espectáculo “Tell Me”, que aborda la respuesta emocional tras un diagnóstico de VIH, es una exploración intensa de la experiencia humana que utiliza el pole como un medio para intensificar la narrativa.
El festival Fringe en Edimburgo, que concluirá en agosto, se convierte así en un escaparate donde el pole dance se transforma en una forma de expresión artística seria y reflexiva, más allá de sus orígenes en el entretenimiento para adultos. Las obras como “Poles”, de Smink, y “Forgive Me”, de Tamsin Shasha, invitan a los espectadores a ver el pole dance no solo como un acto físico, sino como una poderosa herramienta para contar historias que resuenan en el corazón de quienes las presencian.
Los asistentes al festival tienen la oportunidad de sumergirse en este mundo fascinante y complejamente matizado, donde el arte del pole dance se presenta como un cruce entre la acrobacia, la danza y el relato emocional profundo.
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