La formación y capacitación laboral han cobrado una relevancia inusitada en el contexto actual de reestructuración de las cadenas globales de suministro. La reorganización, impulsada por tensiones geopolíticas y rivalidades tecnológicas, particularmente entre Estados Unidos y China, plantea un escenario lleno de oportunidades para economías emergentes como la de México. Sin embargo, esta transformación trae consigo desafíos significativos que requieren un análisis exhaustivo.
Inicialmente, la estrategia de “nearshoring” permitió que países con mano de obra barata se integraran en las cadenas de valor global, trasladando tareas rutinarias a estos territorios. La lógica era simple: países emergentes brindaban un entorno ideal para la producción intensiva en mano de obra. No obstante, el avance acelerado de la automatización ha cambiado drásticamente esta narrativa. Hoy, tecnologías como la robótica industrial y la inteligencia artificial están diseñadas para asumir trabajos repetitivos, tareas que históricamente sustentaron la ventaja competitiva de estas economías.
Un estudio reciente evidenció que los incrementos en el salario mínimo pueden acelerar la adopción de robots en la manufactura estadounidense. Según los investigadores, un aumento del 10% en el salario mínimo podría incrementar en un 8% la probabilidad de que las empresas adopten tecnología automatizada. Esta tendencia sugiere que a medida que el costo del trabajo aumenta, las empresas se sienten impulsadas a invertir en tecnología, disminuyendo así la relevancia de las tarifas salariales como un factor determinante en la localización de la producción.
Este fenómeno no signifique el fin del “nearshoring”, pero sí redefine su esencia. En lugar de atraer manufactura basada en mano de obra menos calificada, existe una creciente demanda por trabajadores que sepan integrar tecnología y capital humano especializado. La automatización transforma las tareas laborales, enfocándose en habilidades que requieren un mayor nivel de análisis, creatividad y capacidad de interacción social.
La investigación indica que adoptar nuevas tecnologías implica rediseñar las competencias de la fuerza laboral. Las habilidades relacionadas con el análisis de datos, el uso avanzado de herramientas digitales y la toma de decisiones informadas son ahora más críticas que nunca. Esta transición hacia una economía más automatizada no solo exige un cambio en el comportamiento de las organizaciones y trabajadores, sino también en los sistemas de capacitación.
A pesar de las oportunidades, hay una tendencia entre los empleados a subestimar la velocidad del cambio tecnológico, lo que los lleva a posponer el desarrollo de nuevas habilidades. Por otro lado, las empresas, enfrentadas a múltiples prioridades a corto plazo, a menudo ven la inversión en capacitación como una opción incierta o lejana.
Para México, las posibilidades de atraer inversión productiva a través del “nearshoring” están presentes, pero su impacto en el crecimiento y el empleo dependerá de su adaptabilidad a esta nueva lógica tecnológica. Si el país se aferra exclusivamente a la mano de obra barata, se verá cada vez más limitado por la automatización. Sin embargo, al fortalecer el capital humano y fomentar habilidades complementarias a la tecnología, puede aprovechar esta tendencia como un motor de crecimiento sostenible.
La diferencia entre estas dos trayectorias es notable. En un camino, la relocalización podría generar empleos limitados y de baja productividad; en el otro, se podría facilitar la transición hacia sectores industriales de mayor valor agregado y salarios más elevados. Históricamente, las naciones que aprovechan las revoluciones tecnológicas son aquellas que anticipan cambios en la naturaleza del trabajo. En este contexto, el debate sobre el “nearshoring” debe englobar una conversación más amplia sobre educación y desarrollo de capital humano, dado que la competitividad en la era de la automatización dependerá menos del costo de la mano de obra y más de la calidad de las habilidades que pueda ofrecer.
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