La urgencia humanitaria en Venezuela se ha intensificado drásticamente a raíz de los devastadores terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudieron el país el 24 de junio de 2026, dejando casi 2,000 muertos y unos 50,000 desaparecidos. El panorama se torna desolador, especialmente en el estado de La Guaira, el más afectado, donde la escasez de alimentos y la falta de servicios básicos agravan aún más la crisis.
“Estamos durmiendo en el piso”, comenta Jenny Tortoza, una de las afectadas en un área donde cientos de edificios se han desplomado. Su testimonio se suma al de Daniela Armas, quien describe escenas de desesperación entre quienes buscan acceso a las provisiones disponibles: “Aquí dan provisiones, pero a veces se matan por la comida; es una locura”. Estos relatos reflejan la desesperación de una población que ya enfrentaba una crisis humanitaria antes de los temblores, con aproximadamente 8 millones de personas necesitando asistencia en el país.
A pesar de la tragedia, la esperanza revivió brevemente con el rescate de un niño de tres años, extraído de los escombros por socorristas de Jordania. Las imágenes del niño, enrollado en una manta y transportado a una ambulancia, se convirtieron en un símbolo de resistencia en medio del caos. Sin embargo, la cifra oficial de fallecimientos ha aumentado a 1,943 con el tiempo, y una gran parte de la población sigue sin información sobre sus seres queridos.
Las necesidades son apremiantes. El Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha solicitado 50 millones de dólares para alimentar a 500,000 personas durante tres meses, pero las tensiones por el acceso limitado a la ayuda son evidentes. Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud advierte sobre el riesgo de epidemias como sarampión, difteria y tos ferina debido a la presión extrema sobre los servicios de salud.
El gobierno, por su lado, ha optado por cifras mucho más conservadoras, contabilizando solo unos 16,000 damnificados, en marcado contraste con las estimaciones de la ONU que alcanzan los siete millones. La militarización de La Guaira y la exigencia de permisos para acceder a las zonas de desastre han añadido a la angustia de quienes buscan a sus seres queridos. Un total de 27 países han enviado equipos de búsqueda y rescate, mientras que la ONU ha prometido facilitar 10,000 bolsas mortuorias, aunque espera que la cifra final de víctimas sea menor.
La devastación material es colosal: la NASA calcula que más de 58,000 edificios han sido dañados o destruidos, lo que representa cerca del 6% del PIB del país. En una escena desgarradora, familiares como Soraida Torrealba, quien busca a su hermana entre los escombros, viven momentos de impotencia: “Siento que estoy atada de manos porque no la encuentro”.
En medio de este desolador contexto, todavía hay destellos de esperanza. Damnificados como Juan Cordero tratan de mantener vivos los espíritus de los niños en campamentos improvisados, buscando ofrecer un poco de normalidad entre el caos. La comunidad, tanto local como internacional, se moviliza en busca de soluciones, pero el futuro inmediato de Venezuela sigue siendo incierto, marcado por las secuelas de la tragedia.
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