En la era de “la transformación” y el lema “Make America Great Again”, los líderes populistas carismáticos han dejado tras de sí un rastro de daños devastadores, comparables a los de un huracán, que requieren generaciones enteras para ser revertidos. Uno de los aspectos más perjudiciales de su gestión es la creciente polarización social. Muchos ciudadanos, en su búsqueda de soluciones milagrosas a sus problemas, se entregan sin cuestionar a estos líderes, muchas veces sin comprender las repercusiones de su devoción.
La sed de poder es el motor primordial de estos líderes. Buscan una mayoría que no limite su influencia y, una vez en la cima, establecen un manto de protección que les garantiza impunidad, sostenido por el fervor de sus seguidores. Este contexto se está viendo reflejado no solo en México, sino también en Estados Unidos. La tolerancia hacia actos que quebrantan las normas democráticas y, en ocasiones, incluso la ley, está desgastando la integridad del tejido social: amplios sectores justifican esos abusos, mientras que quienes se atreven a alzar la voz son calumniados y perseguidos.
En México, el avance hacia un régimen con pulsión autoritaria es palpable, y en cuestión de días se ha institucionalizado un control de todos los poderes bajo un solo mando, algo que aún no hemos terminado de dimensionar. Al mismo tiempo, Estados Unidos está navegando por aguas igualmente turbulentas, desafiando principios que una vez definieron su estatus como potencia mundial.
La economía estadounidense, antes sinónimo de estabilidad y certeza jurídica, ya no se presenta como invulnerable. Existen excepciones alarmantes al principio de tolerancia ante el crimen, especialmente desde las altas esferas del poder. Donald Trump, en su segundo mandato, ha implementado un giro radical y populista que ha erosionado valiosos principios.
Recientemente, Trump ha dejado clara su convicción de actuar sin consecuencias, afirmando que podría asesinar a alguien en pleno centro de Nueva York sin que ello conllevara represalias. Su decisión de mantener castigos arancelarios, a pesar de los daños evidentes que estos generan, es un reflejo de su poder personal, un poder con el que se siente libre de actuar caprichosamente. La prohibición de que extranjeros se inscriban en Harvard evoca épocas de nacionalismo extremo, mientras que la aceptación de un avión de lujo por un valor de 400 millones de dólares y la promoción de sus negocios personales como criptoactivos revelan un claro desdén hacia la legalidad.
Estos incidentes, por su notoriedad, muestran un desprecio flagrante hacia las leyes estadounidenses. Sin embargo, no son los únicos; la gestión de Trump se ha caracterizado por constantes desacatos e ilegalidades, desde el uso del ejército en tareas de migración hasta la violación de acuerdos internacionales.
La indiferencia, la impotencia y la falta de acción frente a estos abusos de poder pueden tener consecuencias imprevisibles, tanto en México como en Estados Unidos. Hoy, es difícil anticipar la magnitud y permanencia de estos efectos, pero lo que es innegable es que la problemática actual se enmarca en una narrativa de creciente autoritarismo que podría transformar la dinámica social y política en ambas naciones.
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