A mediados de 2008, una curiosa leyenda circuló en Culiacán: las florerías, aparentemente, se habían quedado sin rosas rojas. Este rumor no era trivial, ya que se acercaba el Día de las Madres, una celebración donde las flores son esenciales. El origen de esta escasez se atribuía al sepelio de Edgar Guzmán, hijo del famoso líder del Cartel de Sinaloa, Joaquín “Chapo” Guzmán, asesinado un día antes en la misma ciudad. La leyenda sostenía que el padre, en su dolor, había adquirido todas las flores de la región para adornar el funeral de su hijo. Ante tal situación, se aludía a la desesperación de otros hijos en la ciudad, que tendrían que arriesgarse a robar algunas flores para rendir homenaje a sus propias madres.
Ciertamente, la veracidad del relato es incierta, pero quedó grabado en el imaginario nacional, apuntando a la ostentación funeraria característico del crimen organizado. En 2026, casi dos décadas después, el legado del Chapo resurgió con el funeral de Nemesio “Mencho” Oceguera, líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), quien es considerado el sucesor mediático del Chapo. Esta vez, un ataúd dorado y una logística monumental para transportar toneladas de flores acapararon la atención pública, justo después de una semana de graves movimientos sísmicos que marcaron el ambiente de Culiacán.
Uno de los funerarios de la ciudad recordaba que el sepelio de El Azulito, otro narcotraficante, fue uno de los más impresionantes, durando dos días y transformándose en una fiesta con música y carne asada, tal como las tradicionales ferias ganaderas. Este tipo de ceremonias reflejan la cultura funeraria que ha prevalecido en la región, un fenómeno alimentado por la violencia y el narcotráfico.
Los vínculos familiares en el mundo del narcotráfico son intrincados. El Azulito, hijo de un antiguo agente del Estado vinculado al Cartel de Guadalajara, continuó en el negocio hasta su muerte en 2021. Su sepelio, como otros, fue una demostración de poder, con homenajes apoteósicos en un contexto donde la guerra entre facciones ha transformado a vecinos en enemigos. Estas ceremonias no solo destacan la muerte de personajes delictivos, sino también la reacción de las comunidades a su violencia.
El último funeral del Mencho fue cubierto con cautela por los medios. Aunque la prensa mostraba el recorrido de la comitiva fúnebre, su acceso fue limitado. Un joven estudiante italiano, atraído por la curiosidad, sufrió las consecuencias de acercarse demasiado al evento. El ambiente estaba cargado de música de banda, un elemento omnipresente en este tipo de ceremonias.
En la ciudad, la cultura funeraria ha llegado a un punto donde la ostentación es habitual. Los planes funerarios son una práctica común, algunos asequibles y otros lujosos, incluso con ataúdes “chapados en oro”. Un historiador local menciona que esta competencia por un funeral memorable refleja una paradoja: el esfuerzo por honrar a los muertos en un contexto en el que la vida misma se ha vuelto tan frágil y amenazada.
Este entorno floreciente de excesos funerarios acompaña a la violencia del narcotráfico, convirtiendo los funerales en un espectáculo en lugar de un simple adiós. En Culiacán, la vida y la muerte están intrincadamente ligadas al narcotráfico, un ciclo interminable que sigue alimentando la leyenda.
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