Durante una reciente audiencia en el Congreso, la directora del Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian, Anthea Hartig, enfrentó un fuego cruzado de preguntas sobre la dirección y la esencia de la institución que lidera. La sesión, llevada a cabo el martes en un escenario que algunos han comparado con los sombríos días de la caza de brujas de McCarthy, se centró en acusaciones de que el museo ha fallado en preservar y presentar de manera adecuada la narrativa de la historia estadounidense.
La audiencia, que se extendió por dos horas, incluyó interrogantes sorprendentes, como “¿Eres América primero? ¿Amas a América?” planteados por el representante Tim Burchett, republicano de Tennessee. Este tipo de cuestionamiento resalta la polarización actual en torno a cómo se representa la historia en los museos, cuestionando el delicado equilibrio entre la memoria histórica y la propaganda.
La atención estaba centrada en el informe de 162 páginas titulado Saving America’s Story, emitido por la Casa Blanca el 4 de julio, que acusa al Smithsonian de “activismo político extremo” y que exige cambios drásticos en su programación y liderazgo. El informe considera que el museo presenta a América de manera negativa, resaltando problemas como la supremacía blanca, la esclavitud y la injusticia sistémica.
Hartig defendió la integridad del museo, señalando que el mismo busca ofrecer una narrativa completa y matizada de la historia estadounidense a partir de evidencias históricas y distintos puntos de vista. Esta postura fue desafiada particularmente por miembros conservadores del comité, quienes critican las exposiciones que abordan temas como la fluidez de género y la historia queer, considerándolas inapropiadas para el público joven.
La representante Melanie Stansbury, demócrata de Nuevo México, abrió la audiencia condenando el informe presidencial, describiéndolo como una “caza de brujas política”. Además, propuso la Ley de Integridad y Independencia Histórica del Smithsonian, que buscaría proteger la autonomía de las instituciones culturales frente a influencias políticas externas.
Las principales inquietudes del informe surgieron de una revisión federal de 19 museos del Smithsonian, realizada en agosto, que pretendía detectar lo que la administración calificaba como “ideología antiamericana”. Historiadores y organizaciones culturales a nivel nacional han criticado esta revisión como un exceso gubernamental que amenazaría la financiación federal del museo.
El debate se intensificó cuando la representante Nancy Mace, republicana de Carolina del Sur, cuestionó a Hartig sobre material en la exposición “Girlhood, It’s Complicated”, lo que llevó la conversación a un terreno personal.
En contraste, figuras académicas como el historiador David Blight argumentaron que una narrativa triunfalista de la historia no puede coexistir con las complejidades y matices que son vitales para un relato verdadero y completo. Mientras tanto, el exfuncionario Mike Gonzalez demandó una renovación total en el Smithsonian, sugiriendo que el liderazgo actual no era suficiente para la reforma necesaria.
Este intenso debate se cerró con una poderosa reflexión del representante Kweisi Mfume, demócrata de Maryland, quien enfatizó la importancia de conservar la historia, afirmando que “si lo borras, lo reemplazaremos”. Este poderoso recordatorio demuestra que la lucha por definir y recordar la historia de Estados Unidos está lejos de haberse resuelto.
Mientras la nación se enfrenta a estas cuestiones fundamentales sobre su propia historia y representación, el Smithsonian se encuentra en el centro de una tormenta cultural que podría influir en la manera en que las futuras generaciones entienden su pasado. La forma en que se narra la historia no es solo una cuestión de exposición, sino un reflejo de la identidad misma de la nación.
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