Por Salvador Martínez y Martínez
El texto de la Ley suprema que, hoy, es nuestro objeto para pensar es el siguiente: “Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.” (Artículo 1, último párrafo).
Conoceremos el parecer de Antonio Beristain Ipiña, Teólogo, Filósofo, Jurista, Criminólogo, Victimólogo y Sacerdote católico, jesuita. Uno de los mayores méritos de este pensador consiste en que, sin abandonar su ortodoxia cristiano-católica, escribe para la familia humana, en la cual hay diversas cosmovisiones por parte de creyentes y no creyentes. Lo cual se echa mucho de ver al ofrecer su noción de víctima, ésta es la persona que sufre por cualquier motivo.
Algunos pensadores en un poema leen no solo su belleza, sino que también son capaces de investigar su verdad. Antonio Beristain es uno de ellos. El planteamiento del tema nos hizo recordar una lectura de juventud y la revisamos; “El ‘sitio’ de la verdad no está primordialmente en el juicio, enunciación o proposición, sino en la existencia del ser humano, en cuanto ser-hombre [o ser-mujer] es existir conscientemente.” (W.Luypen),
La idea, sin embargo, es que la conformidad del juicio con la realidad presupone que ésta ya ha sido sacada del cubrimiento. “Para ello se precisa cierta ‘luz’, la luz de la existencia consciente. En el debido nivel de su ser-humano, el hombre [y la mujer] es luz para sí mismo [o, para sí misma] y al mismo y al propio tiempo inmediatamente luz que se proyecta sobre los otros-que-el-mismo [o, ella-misma].” (W. Luypen),
Esto también requiere rememorar algunas nociones elementales. Suele decirse que alguien posee la verdad cuando su pensamiento corresponde a lo que es. Por tanto, una afirmación será verdadera cuando lo que se afirma es tal cual se afirma y falsa cuando lo que es no corresponde a lo afirmado.
Sin más rodeos, aquello que queremos decir lo expresa Irving M. Copi magistralmente: “Los versos poéticos que incorporan algo de ‘crítica sobre la vida’ son más que meramente expresivos”.
En diversas ocasiones y en distintas situaciones hemos afirmado que la mujer y el hombre son iguales en dignidad. ¡Sin lugar para la duda! Y, como una cosa lleva a la otra, de cara a las calamidades que nos ha tocado sufrir: intervenciones “humanitarias” armadas; la pretendida relevancia moral de la diversidad cultural; el terrorismo de Estado; el terrorismo no institucional; la corrupción; y siempre la guerra (Ernesto Garzón Valdés), quisiéramos escribir un comentario convincente.
Pero no hay tal. No se intenta arrastrar al lector, llevarlo de la mano por la verdad que se impone como indiscutible. Convencer, es “vencer con”, es moldear el pensamiento del lector y, cuando sea preciso, llegar incluso al mundo de sus sentimientos, lo que vulgarmente se dice “llegarle al corazón”. (G. Martín Vivaldi).
Nuestro comentario, tal vez es inductivo, porque consiste en una humilde invitación para hacer lo que hizo Beristain, en su libro La dignidad de las macrovíctimas transforma la justicia y la convivencia (In tenebris, lux). Es decir, Beristain se avocó a leer un poema de1486, con el ánimo de contemplar su expresión bella y también descubrir su verdad.
El poema que el pensador propone es del eminente humanista italiano Giovani Pico de la Mirandola (1463-1494) y lleva por título Oratio, De hominis dignitate (“Discurso sobre la dignidad del hombre” o “La dignidad Humana”).
“Cuando Dios ha completado la creación del mundo, / empieza a /considerar la posibilidad de la creación del hombre, / cuya función / será meditar, admirar la grandeza de la / creación de Dios. / Pero Dios no encontraba un modelo para hacer al / hombre. /Por lo tanto se dirige al prospecto de criatura, y le /dice: / No te he dado una forma ni una función específica, / a ti, Adán. / Por tal motivo, tendrás la forma y función que / desees.”
El comentario de Antonio Beristain, el célebre jesuita español, asevera que esa cosmovisión “…en líneas generales podemos considerar que deriva del relato judeo-cristiano y del Génesis…” (1, 26 y ss.). El autor citado destaca que el relato nos muestra una cosmovisión que estaba extendida por el Antiguo Oriente; a saber, que mediante la imagen se conseguía recordar eficazmente a una persona. Agrega el autor que, en las culturas Egipcia y Asiria se representaba a los soberanos como imágenes de Dios, semejantes a la Divinidad.,
Para Beristain, sacerdote católico, importa resaltar que, según la doctrina de la Revelación cristiana, el ser humano no fue creado del mismo modo que las cosas y los objetos, sino mediante la llamada dialogal con un tú. El relato bíblico de la creación respecto de las cosas recuerda “dijo Dios: hágase”, y de este modo se hace lo que él quiere que sea.
Respecto al ser humano la narración recuerda: “Dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen”, y le llama por su nombre. El acto de la creación que hace ser al humano lo que él mismo es no coincide con poner objetos en el mundo, sino que implica un acto personal desde el primer instante, la iniciación de una relación personal, no sólo de cuidado, sino también de nobleza y dignidad. Pero, observemos esa visión del orden en la obra de Pico Della Mirandola:
La naturaleza de las demás criaturas, la he dado / de acuerdo a mi deseo. Pero tú no tendrás límites. / Tú definirás tus propias limitantes, de acuerdo a tu / libre albedrío. / Te colocaré en el centro del universo, de manera / que te sea / que te sea más fácil / dominar tus alrededores.
En el desenvolvimiento de nuestro personal ejercicio, nos preguntamos por la respuesta que da la Revelación cristiana a la “creación” de la mujer. Y, dicha respuesta llegó de un cura local. La fuente de cognición es también el Génesis: “Hizo pues, Yahvé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y, dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer” (Gén 2, 21-22).
Aquel distinguido cura local le otorga relevancia a la narración cuando afirma “…tomó una de sus costillas” …, pues nos dice que, de acuerdo con el lenguaje de la época, si Dios hubiese tomado de alguna parte de su cabeza, entonces la mujer hubiese sido creada como un ser superior al hombre en valor y, si hubiese tomado de alguna parte de sus pies, la mujer tendría un valor inferior al hombre. Pero, el haber tomado de la parte media, hace a la mujer un ser del mismo valor que el hombre. La mujer y el hombre son iguales en dignidad. La Biblia, sin embargo, expresa la unidad: “Dios lo hizo varón y mujer”.
Volvamos otra vez con Pico Della Mirandola:
No te he hecho ni mortal, ni inmortal. Ni de la / tierra, ni del cielo, / De tal manera, que tú podrías transformarte a ti / mismo, en lo que desees. / Podrás descender a la forma más baja de / de existencia, como si fueras una / bestia. O podrás en cambio, renacer más allá del juicio de tu propia alma, entre los más altos espíritus, aquellos que son / divinos.
La doctrina de la dignidad humana expuesta influyó no solamente en la Constitución Política de México, sino también en instrumentos jurídicos internacionales como la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.” (Artículo 1).


