Cada año, con el acercamiento del 8 de marzo, surgen dinámicas que revelan la persistencia del machismo en diversos contextos sociales. Entre ellas, la marcha del #8M, un evento anual significativo, encuentra un eco singular en las conversaciones cotidianas, donde se entrelazan bromas y comentarios que trivializan la causa.
Un fenómeno aterrador se manifiesta cuando amigos y conocidos, al enterarse de que alguien asistirá a estas marchas, reaccionan con memes o comentarios despectivos, disfrazando su falta de sensibilidad como humor. Este aparente ‘chiste’ tiene implicaciones profundas. Tras la risa, se oculta un patrón que socava la importancia de la protesta y las demandas de igualdad. No se trata de un simple malentendido; se trata de cómo el machismo se infiltra incluso en espacios que parecen seguros o inofensivos.
Esto se hace evidente cuando se narran experiencias de violencia psicológica, donde la revictimización se presenta de manera insidiosa. En lugar de empatía, la respuesta es la minimización, a menudo acompañada de comentarios que ridiculizan conceptos fundamentales como la sororidad, distorsionando su significado. Esta dinámica revela un entendimiento superficial de la opresión que enfrentan las mujeres.
La violencia no siempre es visible; a menudo, se manifiesta en comentarios ‘inofensivos’ que perpetúan un sistema de creencias que minimiza la gravedad de la situación. Los datos son claros: según UNICEF, el 92% de las agresiones sexuales afectan a niñas y adolescentes. Estos números trascienden las anécdotas y nos obligan a cuestionar el lugar que ocupamos en esta estructura social.
Ridiculizar a quienes marchan el 8 de marzo no es solo un acto aislado; es una forma de violencia que refuerza un discurso que intenta desacreditar cualquier forma de protesta. Las mujeres marchan no como una mera expresión de diversión, sino como un deber crítico hacia las generaciones que nos precedieron y hacia aquellas que aún sufren en silencio. Cada paso en la marcha es un acto de resistencia, un grito colectivo que busca romper el ciclo de la normalización de la violencia.
Un desafío importante radica en que el machismo no siempre se presenta de manera conspicua. A menudo, las personas que perpetúan estos discursos no se identifican como agresores. La resistencia a reconocer el machismo en actitudes cotidianas es un obstáculo, y el primer paso hacia el cambio es la autocrítica y la reflexión sobre cómo nuestras palabras y acciones pueden contribuir a una cultura que minimiza la lucha por la igualdad.
Las bromas, aunque parezcan inofensivas, construyen imaginarios y como tales, tienen un peso significativo. Cada risa que se escapa en el contexto del 8M, cada comentario que se burla de la marcha, refuerza la noción de que las demandas de igualdad no merecen ser tomadas en serio.
Al final, la lucha no es solo de quienes se manifiestan en las calles, sino de todos los que se niegan a ser cómplices del silencio que se ha impuesto sobre las violencias cotidianas. La transformación comienza al reconocer que el machismo puede esconderse en lugares inesperados y que nuestros esfuerzos deben ser constantes y reflexivos para deconstruirlo.
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