En el corazón de la Selva Maya, dos buzos exploran una gruta en busca de la verdad detrás del controversial Tren Maya. Los destellos de sus linternas revelan un paisaje subterráneo donde estalactitas y columnas de metal oxidado conviven. Al tocar uno de los pilares, este se desmorona como plastilina, evidenciando la precariedad de una obra diseñada para ser estructuralmente sólida. Arriba, a pocos metros, se extiende un viaducto que forma parte del tramo 5 del Tren Maya, un megaproyecto promovido por el gobierno que, según las estimaciones, despliega más de 15,000 de estas columnas en un intrincado sistema de cuevas y cenotes de Quintana Roo.
Desde 2024, han surgido voces de alarma. José Urbina, miembro del colectivo Sélvame del Tren, denuncia que los pilares submarinos, construidos con un sistema inadecuado, han comenzado a deteriorarse, liberando desechos en el acuífero vital de la región. La preocupación no es menor; ambientalistas y sobrevivientes advierten sobre riesgos de colapso y contaminación, mientras la promesa gubernamental de que el proyecto se desarrollaría con respeto al medio ambiente se torna cada vez más cuestionable.
El Tren Maya fue concebido como una vía de desarrollo para el sureste mexicano, con la promesa de beneficiar a las comunidades locales. Sin embargo, la realidad ha sido distinta. Las críticas han sido silenciadas, tildando a los detractores de “pseudoambientalistas”. Además, se han prohibido las fiscalizaciones de las obras, lo que ha generado una protección sin precedentes para el proyecto, permitiendo que los incumplimientos de estándares ambientales se repitan sin consecuencias claras.
El tramo 5 Sur, inicialmente planeado para estar paralelo a la carretera que conecta Cancún y Tulum, fue desplazado hacia el interior de la selva tras la presión ejercida por empresarios del turismo, quienes temían que las obras afectaran la entrada a sus hoteles. Este cambio de trazado ha resultado en la construcción de pilares que atraviesan 125 cenotes, generando serios cuestionamientos sobre su impacto ambiental a largo plazo.
Los expertos advierten que, con la intención de que el tren transporte hidrocarburos, un descarrilamiento sobre el acuífero podría tener resultados catastróficos. Según Urbina, el estado de las columnas plantea serias dudas sobre la seguridad del sistema ferroviario: “Las columnas se van a ir deteriorando bajo el agua, y no sabemos cómo le van a dar mantenimiento”.
En este contexto, México enfrenta un reto crucial. Apenas hace dos años se reintrodujeron los trenes de pasajeros, después de tres décadas, y ahora el recuerdo trágico del descarrilamiento del Tren Interoceánico, que dejó 14 muertos y cientos heridos, resuena en una nación que sigue en busca de una infraestructura segura y eficiente.
Con el gobierno de Claudia Sheinbaum continuando la línea de López Obrador en la expansión de vías férreas, la situación del Tren Maya se convierte en una llamada de atención sobre la necesidad de priorizar la seguridad constructiva frente a la presión política. En un país donde el futuro de tantos depende de decisiones tomadas en torno al transporte, es esencial llevar a cabo proyectos que no solo sean emblemáticos, sino también responsables y seguros para todos.
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