El próximo mes de mayo, la Asamblea Mundial de la Salud se convertirá en escenario de cruciales debates sobre la retirada de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). La situación ha cobrado relevancia tras las declaraciones del director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien indicó que, a pesar de los intentos de retirada del gobierno estadounidense, este aún no ha cumplido con un requisito fundamental: el pago de sus cuotas. El dirigente mencionó que Washington debe un total de 260 millones de dólares en contribuciones correspondientes a 2024 y 2025, una cifra que debe ser saldada para oficializar la salida.
La decisión de abandonar la OMS se remonta a enero de 2025, cuando el presidente Donald Trump firmó un decreto justo después de regresar a la Casa Blanca, apuntando que la retirada sería efectiva a partir del 22 de enero. Sin embargo, para que tal salida se materialice, hay dos condiciones que deben cumplirse: la notificación con un año de anticipación, la cual se ha cumplido, y el pago de los atrasos que, hasta la fecha, no ha sido realizado.
En un ambiente de creciente tensión, el secretario de Salud de EE.UU., Robert F. Kennedy Jr., junto con el secretario de Estado Marco Rubio, ha manifestado preocupaciones sobre la actuación de la OMS durante la pandemia de COVID-19, acusando a la organización de múltiples fallos que, según ellos, han perjudicado los intereses norteamericanos. Kennedy, en particular, ha cuestionado la influencia que China y la industria farmacéutica supuestamente ejercen sobre la OMS, planteando dudas sobre la independencia de la organización.
Históricamente, Estados Unidos ha sido el principal donante de la OMS, por lo que su retirada podría tener un impacto significativo en el financiamiento de la salud internacional, en un período donde varios países también han reducido su apoyo económico. La nueva asamblea, que reunirá a todos los Estados miembros entre el 18 y el 23 de mayo en Ginebra, marcará un momento decisivo para discutir no solo la posición de EE.UU. sino también el futuro de la colaboración global en salud en tiempos de crisis.
A medida que se acerque la fecha, será esencial observar si Washington tomará las medidas necesarias para cumplir con sus obligaciones financieras, o si su ausencia de la OMS sentará un precedente en la gobernanza de la salud global. La incógnita persiste, y el mundo estará atento a los pasos que se darán en este escenario complejo y crucial para la salud pública internacional.
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