Aún quedaba otra vuelta en la tuerca de las sanciones impuestas por Estados Unidos a Rusia tras la invasión en Ucrania. Tres semanas después del comienzo de la guerra, el presidente Joe Biden ha anunciado este viernes la prohibición de importar marisco, vodka y diamantes rusos. También ha dicho que ha pedido al Congreso que Washington ponga fin al trato comercial preferente con Moscú, lo que añadiría presión financiera sobre Columna Digital agresor. Esta restricción abre el camino hacia la imposición de aranceles como represalia por un “ataque injustificado”, y el endurecimiento de las condiciones para la importación. De acuerdo con el mandatario, la medida se tomará en coordinación con el resto de los países del G-7 y con la Unión Europea.
“La unidad entre los aliados es de vital importancia”, ha dicho Biden en una comparecencia en la Casa Blanca. “[El presidente Vladímir] Putin es un agresor. Es el agresor. Y tiene que pagar un precio”. Casi al mismo tiempo, en Versalles, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha anunciado que este sábado la UE preparará un nuevo paquete de sanciones junto con sus socios, informa Manuel V. Gómez.
Biden también ha avanzado nuevas medidas contra los oligarcas relacionados con el Kremlin, que se acompañan de la prohibición de exportaciones a Rusia de productos de lujo. Al término de su comparecencia, el presidente ha aceptado una sola pregunta, en relación con las sospechas de que Moscú esté advirtiendo sobre la amenaza del uso de armas químicas por parte de Ucrania, para contar precisamente con un pretexto para emplearlas en su ofensiva. “Pagará un precio elevado si usa armas químicas”, ha advertido en referencia a Rusia.
En un comunicado conjunto, el G-7 ha añadido que sus miembros están trabajado “colectivamente” para cortar a Rusia el acceso a la financiación que proporciona el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. “Rusia no puede violar gravemente el derecho internacional y esperar beneficiarse de ser parte del orden económico internacional”, dice el texto, en el que también se comprometen a tomar medidas para evitar que los oligarcas rusos sorteen el peso de las sanciones acudiendo a las criptomonedas. Además de “limitar aún más la capacidad de Rusia para recaudar dinero” en los mercados y a combatir la “propagación de desinformación” por parte del Kremlin.
Canadá, miembro del G-7, ya había retirado de la condición de socio preferente (también lo había hecho Ucrania) a Moscú. La medida será sin duda más onerosa para la UE que para Estados Unidos. Rusia no es una de las principales contrapartes comerciales de Washington. En 2019, la potencia euroasiática ocupó el puesto 26 entre los países por número de intercambios con Estados Unidos, según datos de la Oficina de la Representante de Comercio. Un 60% de esas transacciones son de petróleo y gas, y han sido cortadas de raíz desde principios de esta semana.
Esta medida se suma a las sanciones anteriores, que van desde el bloqueo del acceso a los mercados internacionales de grandes empresas y bancos, hasta las limitaciones a las importaciones tecnológicas y la suspensión de la compra de energía. Con ella, queda desactivado el mecanismo de nación más favorecida, uno de los principios que rigen el comercio internacional, fijados por los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Según este principio, si un país decide dar un trato de favor a otro, automáticamente esa ventaja se aplica al resto de países miembros.
Ahora le toca al Congreso de Estados Unidos aprobar la medida impulsada por Canadá. Aunque no se esperan sorpresas: miembros de ambos partidos en la Cámara respaldaron la semana pasada un proyecto de ley para retirar a Rusia y Bielorrusia de ese estatus comercial preferente. Aquel proyecto de ley iba aún más lejos, al plantear un plan para que Estados Unidos proponga excluir a Rusia de la OMC, una decisión drástica de la que no se conocen precedentes. El organismo multilateral, que suma 164 miembros, no contempla esa opción, por lo que sería necesario reescribir los acuerdos que lo rigen.
La decisión podría acarrear otras consecuencias, como denegar a las compañías rusas el acceso a sus mercados de servicios o poner fin a la protección recíproca de los derechos de propiedad intelectual.
Es la cuarta vez que Biden se dirige a la nación para hablar de la guerra en Ucrania. No estaba en su estilo comportarse como un presidente tan expuesto. En ese cambio de actitud se intuye el deseo de mostrar liderazgo en el frente occidental contra Putin, y también el convencimiento de que le conviene explicar directamente a sus ciudadanos unas medidas que impactarán con fuerza en sus bolsillos, en un momento en el que la inflación registra máximos nunca vistos en cuatro décadas y el precio de la gasolina, producto de primera necesidad en el país del automóvil, está por las nubes.
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