Cuando se anuncia una retrospectiva de una artista de la talla de Gisela Colón en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC), la expectativa es alta. En un viaje a San Juan, la oportunidad de explorar su obra se convierte en un viaje personal, una ocasión para reconciliar sus obras monumentales y brillantes, que desde 1996 han capturado la atención a nivel mundial.
Colón es reconocida por sus imponentes “monolitos”, esculturas que poseen una presencia cautivadora, exhibidas previamente en lugares icónicos como las Pirámides de Giza. Su obra, forjada a partir de tecnologías avanzadas de pigmento que combinan fibra de carbono aeroespacial con materiales orgánicos, refleja y absorbe su entorno de maneras que van más allá de las posibilidades de sus predecesores minimalistas. Por ejemplo, su obra MONOLITO PARABÓLICA HEMATITA (Tierra de Substrato, Arecibo, Puerto Rico), de 2024, utiliza hematite, un mineral con un fuerte vínculo con la historia y geografía de Puerto Rico.
El recorrido por la exposición es una experiencia sensorial que revela el desplazamiento de lo personal a lo universal, donde las obras de Colón, que parecen enraizadas en la tierra, también sugieren conexiones cósmicas. A medida que el público se adentra en las galerías, las tensiones estéticas emergen: la belleza se enfrenta a la superficialidad, desafiando preconcebidos juicios sobre el arte “hermoso”.
Es en este punto donde la obra de Colón destaca por su complejidad. La artista, de ascendencia puertorriqueña y actualmente radicada en Los Ángeles, aborda temáticas que evocan tanto lo etéreo como lo histórico. Sus formas evocan desde monumentos indígenas hasta estructuras contemporáneas, sugiriendo un diálogo entre el pasado y el futuro. Como intenta revelar, la belleza en sus esculturas no es solo estética, sino que también es un relato de violencia y sufrimiento en la historia de Puerto Rico, especialmente relacionada con la explotación de los recursos naturales.
En particular, su obra ESTRUCTURA TOTÉMICA (PIEDRAS CONTRA BALLAS, BAYAMÓN INCANDESCENTE), de 2022, utiliza materiales inusuales, incluyendo balas pulverizadas, para tratar temas de violencia y resistencia, reflejando así la intersección de la arte y la violencia en la sociedad contemporánea. La autorreflexión de Colón sobre el uso de materiales derivados de un contexto bélico otorga profundidad a su disciplina, transformando su obra en un comentario crítico sobre la era contemporánea.
Añadiendo otra capa de significado, su escultura Rivers of Gold and Dust (Parabolic Monolith Aurus Pulvum), de 2017-2025, se remonta a las experiencias de los pueblos indígenas durante la colonización española y su vínculo con el paisaje caribeño. Esta obra evoca no solo lo visual, sino también el dolor oculto de una historia marcada por explotación.
En la exposición en el MAC, Colón logra fusionar la espiritualidad y el análisis, creando un espacio donde lo bello y lo violento coexisten, desafiando al espectador a profundizar más allá de la superficie. Las impresiones luminosas de sus obras son un recordatorio de la complejidad de su entorno y de la historia de Puerto Rico, un país donde la belleza frecuentemente esconde horrores históricos.
En definitiva, la retrospectiva de Gisela Colón es una invitación a reflexionar sobre la naturaleza del arte y su capacidad para entrelazar diferentes narrativas, siendo un espejo de la sociedad actual. Visitar su obra en el MAC será, sin duda, un viaje de descubrimiento y reflexión en la intersección entre el arte contemporáneo y los ecos de la historia.
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