Cuando se anunció que Gisela Colón tendría una retrospectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC), la anticipación entre críticos y amantes del arte fue palpable. Colón, una artista que ha estado creando sus impresionantes “monolitos” desde 1996, ha dejado una marca significativa en el mundo del arte contemporáneo. Esta exposición representó una oportunidad para profundizar en su trabajo y explorar los matices que han generado distintos sentimientos en los observadores.
Colón, nacida en Canadá de padre puertorriqueño y residente en Los Ángeles, es conocida por sus esculturas monumentales que presentan una belleza hipnotizante. Estos obeliscos de formas suaves y colores que cambian con la luz han sido mostrados en distintos contextos, desde las fascinantes pirámides de Giza, donde una de sus obras brilló junto a un esfinge, hasta el vasto desierto de Arabia Saudita. Sus creaciones son más que simples esculturas; son un diálogo entre el arte, el espacio y la naturaleza.
Uno de los rasgos más destacados de su trabajo es la utilización de tecnología avanzada en la mezcla de pigmentos. Colón incorpora fibra de carbono de la industria aeroespacial y materias orgánicas para crear colores que absorben y reflejan su entorno de una manera que ha desafiado las convenciones de artistas minimalistas anteriores. Su obra más reciente, “MONOLITO PARABÓLICA HEMATITA”, muestra este enfoque, usando hematita extraída de su parcela familiar en Arecibo, que conecta su arte con la tierra que la vio crecer.
La exposición en el MAC, distribuida en tres galerías que se oscurecen progresivamente, invita al espectador a una experiencia introspectiva. Aunque sus esculturas son innegablemente hermosas, a menudo invitan a reflexionar sobre la compleja relación entre la estética y la violencia. Un ejemplo significativo de esta dualidad es “ESTRUCTURA TOTÉMICA (PIEDRAS CONTRA BALLAS, BAYAMÓN INCANDESCENTE)”, una pieza que combina Plexiglass brillante con capas de materiales pulverizados, incluyendo balas, evocando así las tensiones entre belleza y agresión en la cultura contemporánea.
En el contexto de su obra, Colón se aparta de la idea de que sus materiales son abstractos. En lugar de eso, reconoce las historias subyacentes que estos materiales portan. Este enfoque revisita el concepto de la belleza a través de un lente crítico, en el que la brillantez de sus esculturas no oculta la realidad violenta que a menudo acompaña a los mismos procesos que permiten su creación.
Por otro lado, una de sus instalaciones en el bosque tropical de El Yunque, un lugar cargado de historia, también refleja esta interacción entre naturaleza y cultura. La pieza, que imita tanto a una montaña como a un misil, utiliza pigmentos que no solo embellecen, sino que también cuentan la historia del extractivismo que sufrieron las comunidades indígenas de Puerto Rico.
La retrospectiva en el MAC no solo resalta la maestría técnica de Colón, sino que también invita a una reflexión profunda sobre las percepciones de lo bello y lo grotesco en el arte contemporáneo. Mientras los visitantes interactúan con sus obras, la experiencia les lleva a reconsiderar no solo la superficie, sino también las historias y tensiones que yacen debajo, recordando que lo sublime a menudo está entrelazado con lo perturbador. En un mundo donde la violencia y la belleza son tan comúnmente entrelazadas, el arte de Gisela Colón ofrece una oportunidad única para explorar estas complejas intersecciones.
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