Tras la tremebunda crisis del chuletón, donde la fantasía publicitaria se ha impuesto a la gobernanza racional, da miedo imaginar la que se va a montar con la legislación europea sobre vehículos de combustión. Si todo lo que han podido balbucir nuestros políticos sobre el grave problema del consumo de carne que ha planteado el ministro Garzón consiste en una discusión de cuñados cocinillas sobre el punto idóneo del chuletón, adornada con acusaciones de estalinismo e incompetencia a su proponente, verás tú la que se va a formar con la prohibición europea de vender cualquier vehículo que emita CO2 para 2035.
Una niña que nazca hoy no podrá comprarse cuando cumpla 14 años un coche de gasolina, ni diésel, ni híbrido, ni de gas. Puestos a enfrentarse a una hidra cabreada, ¿tú qué prefieres, un vaquero o un magnate de la automoción? Vale, ya me lo figuraba.
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España y algunos otros países miembros se habían propuesto ese objetivo para 2040 o más tarde. Es evidente que Bruselas quiere acelerar las cosas, y parece que esta vez va en serio. “La economía de los combustibles fósiles ha llegado a sus límites”, dice la presidenta europea, Ursula von der Leyen. Según ella, los planes climáticos han dejado de ser un objetivo bienintencionado y vaporoso. Ahora son también “una obligación legal”.
El mensaje está bien claro para la industria europea de la automoción, y para cualquier otra que quiera vender coches en la UE. Consiste en un incentivo que las empresas no podrán rechazar para desarrollar cuanto antes los vehículos eléctricos —no híbridos, sino puramente enchufables— con un precio admisible y no disuasorio.


