“Si esto sigue así, en 20 años la moda dejará de existir. Todas las marcas hacen productos muy parecidos y luego le ponen un logo aquí o allá y se lo mandan a las mismas influencers [prescriptoras]. Es una mentalidad de mierda. Vivimos en un apocalipsis digital”. El hombre que defiende este discurso es el que convirtió una camiseta con el logo de DHL en objeto de culto; que creó un videojuego para acompañar la presentación de una de sus últimas colecciones, y que hace un mes “hackeó” —con permiso, eso sí— varios diseños de Gucci.
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Uno de los diseñadores más transgresores, influyentes y provocadores de la industria del lujo. Y aunque su alegato suene catastrofista, Demna Gvasalia (Georgia, 40 años), director creativo de Balenciaga desde hace seis años, parece feliz y relajado. Acaba de presentar la primera colección de alta costura que produce la casa desde que su fundador cerrase sus talleres hace 53 años. Hay luz al final del túnel.
Para el más moderno entre los modernos, la clave del futuro de la moda está en su pasado, concretamente en esta expresión elitista y tradicional construida en torno a prendas únicas, hechas a mano, a medida y por encargo, con precios equiparables a los de un coche. “Hace cinco o seis años la alta costura estaba muerta. Pero ahora creo que es más relevante que nunca. La libertad dentro del prêt-à-porter [ropa producida industrialmente] es prácticamente imposible por la velocidad a la que se tiene que fabricar”, sentencia desde sus oficinas parisienses en el antiguo hospital Laennec (siglo XVII), donde nos recibe cuatro días antes del desfile.



