Por primera vez desde los Juegos de Pekín 2008, el equipo de gimnasia artística femenina ruso (que en Tokio no es Rusia, sino, oficialmente, ROC, las siglas en inglés del Comité Olímpico Ruso), derrotó a Estados Unidos, ganador en 2012 y 2016, en la gran final. Lo hizo por una diferencia abismal, 3,432 puntos, y gracias al eclipse inesperado de Simone Biles, que solo participó en uno de los cuatro aparatos, el salto.

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Por primera vez en su carrera Simone Biles se ve tan apurada en un salto que se sale por la tangente. Deja el Amanar (mortal en plancha tras entrada en Yurchenko y dos piruetas y media) en solo pirueta y media, y, pese a todo, con su sentido felino, cae de pie. Nunca hace las cosas sin arte, ni las peores. Debido a su fallo, Estados Unidos sale con un punto de desventaja del primer aparato de los cuatro de la final por equipos. Es el último en el que se ve a Simone Biles vestida de gimnasta, leotardo rojo, blanco y azul.
La mejor gimnasta de la historia, la mujer que ha revolucionado su deporte por dentro y por fuera, se eclipsa. Desaparece de la pista y solo regresa unos minutos después, un chándal blanco cubriendo su traje de faena, unas chanclas de playa en los pies, y calcetines. Inmediatamente, el equipo de Estados Unidos anuncia su baja “por razones médicas”, que no especifica, Simone Biles no participará como gimnasta en los siguientes tres aparatos (por orden, barras asimétricas, barra de equilibrio y suelo), sino como animadora, jaleadora, fan número uno. Como una niña feliz por ayudar a sus compañeras. Y da tantos saltos que solo verla así se intuye que el “problema médico” no es una lesión.
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Y es tanta su fuerza que el aparentemente imperturbable, frío como Rusia es fría, cuarteto de las rusas (Melnikova, Urazova, Ajaimova y Listunova), pierde los nervios en la barra de equilibrios, el tercer aparato, al que ha llegado con una ventaja de 2,5 puntos tras unas asimétricas en las que por Estados Unidos solo brilla la gran Sunisa Lee. Dos de las rusas, la mejor de entre ellas, Melnikova, y Uzarova, se caen de la barra. Hasta las norteamericanas más fallonas, McCallum y Jordan Chiles, salvan sólidamente el paso. Llegan al suelo las norteamericanas con solo 0,8 puntos de desventaja. Biles se exalta, chilla, abraza, charla sin cesar. Parece una chavala feliz. La remontada es posible.
Su fuerza, aún en chanclas, en chándal blanco, es tremenda. Es como si abrumada por haber intentado ser lo que todo el universo pensaba que era, la mujer perfecta, fuerte, incansable, capaz de asumir como propias todas las causas, hubiera llegado a un punto de ruptura, derrumbada por un peso insoportable en unos Juegos Olímpicos disputados sin público, en Japón, en medio de una inusitada atención.
Simone Biles deja de ser Simone Biles y baila. Hasta que precisamente se cae en suelo su mejor amiga, la Jordan Chiles que se entrena con ella en el gimnasio de Spring, Texas. Ni el ohhh tremendo, y su eco, que sueltan las periodistas norteamericanas de decepción, es tan expresivo como la cara de Biles, que minutos después sube al podio a por la primera medalla de plata de su historia olímpica (salió de Río, su eclosión, con cuatro oros y un bronce) y hasta parece que se emociona, inevitable, quién no, con las notas del concierto para piano de Chaikovski que sustituye el himno ruso para celebrar la victoria de sus gimnastas, que no son Rusia, sino ROC.
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