Se trata de una gran paradoja. Los ocho historiadores que participan en el proyecto de investigación Colon ADN. Su verdadera identidad parten de las mismas pruebas materiales y de los mismos personajes; sin embargo, sus resultados son diametralmente opuestos. Así que la única solución será someterlos al microscopio de la ciencia. Para evitar errores, los científicos han tenido que esperar casi 18 años con el fin de que la tecnología requerida esté disponible, ya que comenzaron en 2003 cuando no estaba tan desarrollada. Fue el historiador Marcial Castro quien prendió la mecha al preguntar en 2002 a José Antonio Lorente, catedrático de Medicina Legal y Forense de la Universidad de Granada y uno de los más reputados expertos del mundo en ADN, si “podría la genética determinar dónde nació Colón”. Este le respondió: “Ahora, no, pero dentro de unos años…”. Y estos han transcurrido. Por el análisis genético del equipo de Lorente pasarán, entre otros, el infante don Pedro, un niño de seis años muerto en 1366; la princesa portuguesa Leonor de Avís, miembros de la dinastía Trastámara; Aldonza de Mendoza, duquesa de Arjona; descendientes de la familia portuguesa Atayde; Juan Fernández de Sotomayor, obispo de Tuy, fallecido en 1423; posibles parientes navarros que portarían un antígeno específico… Así hasta sumar más de una veintena de personas que podrían estar relacionadas con el navegante. La cifra podría ascender porque están pendientes algunos permisos de exhumación.
España y la República Dominicana siempre se han disputado la propiedad de los huesos de Colón. Para los dominicanos sus restos descansan en Santo Domingo y para los españoles en Sevilla. El propietario de la fábrica de La Cartuja, Carlos Pickam, siempre sostuvo que las dos partes tenían razón, porque el cuerpo había sido dividido. Así que en 1959, la Universidad de Yale (EE UU) pidió permiso al dictador caribeño Rafael Leónidas Trujillo para examinar la urna dominicana. Este se lo concedió, pero al abrirla se encontró que estaba sellada con un cristal. Como no tenían autorización para romperla, radiografiaron los elementos óseos que pudieron moviendo la caja.
Para comprender esta historia, con tintes surrealistas en sus comienzos, hay que remontarse a 1950, cuando se abre la cripta del sevillano convento de La Cartuja ―en aquellos años ya convertido en la fábrica de cerámica Pickman― y se hallan los restos de Diego Colón, hermano del almirante. Nadie sabe qué hacer con ellos, así que los introducen en una urna de zinc y esta comienza a dar vueltas por las dependencias de la industria. Terminan sirviendo de escalón ―”en cuyo interior había algo que sonaba”, recuerdan los trabajadores― a una empleada para acceder a los estantes más altos. Al final, alguien revela la verdad, la mujer sufre una crisis de ansiedad y los operarios deciden enterrar los huesos en el jardín.

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