El despliegue masivo de la inteligencia artificial (IA) probablemente representa la situación más singular que los economistas hayan enfrentado en los últimos sesenta años. Esta tecnología surge como un medio general de producción cuyas implicaciones son difíciles, si no imposibles, de prever. Si se pregunta sobre el impacto de la IA en el desempleo, resulta complicado recurrir a los economistas laborales, quienes pueden ofrecer respuestas sobre tecnologías específicas pero no sobre innovaciones con un alcance tan amplio.
Las perspectivas sobre la IA plantean un conjunto de preguntas cruciales. Una de las más relevantes es si la IA conducirá a un incremento en la producción total o si simplemente redistribuirá las tareas entre las máquinas y el trabajo humano. Este dilema remite a una duda persistente: ¿será la IA una herramienta que aumente la producción o un sustituto que simplemente reemplace a los trabajadores, generando poca nueva producción? A pesar de que herramientas modernas como procesadores de texto han mejorado la productividad individual, el reto sigue siendo evidente. Aunque se puede lograr una mejora en la eficiencia, los efectos en el bienestar general son menos concretos.
Un segundo punto a discutir es la relación entre IA y productividad. La expectativa es que la IA aumente la producción por unidad de trabajo. Sin embargo, esto genera preocupaciones sobre la creación de una “población excedente”. Este término sugiere que habrá personas que, por sus habilidades anacrónicas, serían inempleables en la economía dominada por la IA, creando así un riesgo de desempleo estructural muy por encima de lo que se ve actualmente. Si esta población excedente alcanzara hasta el 20% de la fuerza laboral, podrían surgir complicaciones políticas serias. La respuesta a esta problemática podría estar en la ampliación del estado del bienestar, incluso llegando a propuestas como la renta básica universal, para ayudar a quienes no encontrarán empleo en el futuro.
Otro aspecto igualmente preocupante es la concentración del capital y la creación de lo que se puede llamar “nuevos tecnoseñores”. Aquellos que posean la tecnología de IA podrían acumular riqueza y poder político sin precedentes. Se presentan dudas sobre si ese aumento en la riqueza conducirá a una mayor tasa de beneficio, ya que la inversión masiva en IA podría generar un exceso de capital que a su vez podría afectar negativamente esta tasa.
En cuanto a la distribución de la renta, es probable que se vea un crecimiento en la parte que corresponde a los propietarios del capital, lo que podría hacer aún más profunda la desigualdad económica. Esta desigualdad se reflejaría en la nueva estructura social, donde se plantea la posibilidad de una sociedad estratificada en cuatro clases. En la base estaría la población excedente, seguida de una clase trabajadora de servicios donde los salarios serían bajos y la seguridad laboral, precaria. Por encima, existirá una clase híbrida de altos ingresos tanto de capital como de trabajo, y, finalmente, una élite extremadamente rica.
Una sociedad con esas características podría presentar desafíos políticos extraordinarios, ya que el flujo de renta se concentraría en unos pocos mientras que el descontento social crece en la base. En este contexto, se sugiere que la inestabilidad política podría ser un rasgo común en las sociedades que adopten la IA de manera masiva. En lugar de la promesa utópica de liberar tiempo para el ocio y diversión, podríamos enfrentarnos a un panorama distópico marcado por la desigualdad y la desestabilización.
Con estos elementos, el horizonte que se dibuja apunta a un futuro donde el avance de la inteligencia artificial no solo transformará la economía, sino también la estructura social, relegando a una parte significativa de la población a un papel de sobrevivencia y limitando su participación en una sociedad que podría volverse cada vez más desigual e inestable.
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