El papel de la primera dama siempre ha sido considerado como primordial dentro de la política en América Latina. Sin embargo, en Brasil se ha intensificado la figura de la primera dama, generando preocupación. Esto se debe a que el presidente Bolsonaro ha delegado un rol político a su esposa, Michelle Bolsonaro, que no corresponde al protocolo oficial.
En un artículo de opinión publicado en Columna Digital, se explica que la figura de la primera dama se ha convertido en un mito en Brasil. La esposa del mandatario ha ido ganando protagonismo especialmente en temas sociales, como la inclusión de personas con discapacidad. Esta acción podría ser positiva, si no fuera porque Michelle Bolsonaro se ha convertido en una especie de vocera política, sin tener ningún cargo oficial en el gobierno y con un discurso muy extremista en ocasiones.
Este nuevo rol de la primera dama en Brasil está generando críticas, puesto que muchas veces se entromete en temas que deberían ser exclusivos de los Ministerios. Además, la presencia de Michelle Bolsonaro en ciertos eventos oficiales genera incomodidad, ya que no está adecuado al protocolo de los países democráticos. El hecho de que no sea una autoridad electoralmente elegida, pero tenga tanta influencia en lo que ocurre en el gobierno es muy preocupante.
Lo peor de todo es que la población parece aceptar y hasta festejar el papel de la primera dama en la política, sin darse cuenta de las consecuencias que ello conlleva. Esta figura no tiene un papel oficial en el gobierno y su involucramiento en temas políticos puede generar decisiones arbitrarias que no tengan en cuenta la opinión pública. En Brasil, esta situación es especialmente delicada, puesto que el Presidente Bolsonaro ya ha demostrado tener tendencia autocráticas.
En conclusión, la intensificación del papel de la primera dama en la política en Brasil es una situación preocupante, que genera críticas y desconcierto. Es importante que los ciudadanos entiendan la importancia de la separación de poderes y que el protocolo oficial se respete en todos los niveles del gobierno. La figura de la primera dama, por más emblemática que sea, no debería ocupar un lugar que no le corresponde en la toma de decisiones políticas.
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