El 17 de abril de 1695, el convento de San Jerónimo en la Nueva España presenció un evento que marcaría para siempre la historia literaria y religiosa de su tiempo. Sor Juana Inés de la Cruz, conocida como la Décima Musa, fue enterrada el mismo día de su muerte, dejando tras de sí enigmas sobre su edad, que oscila entre los 44 y 47 años por la discrepancia en las fechas de su nacimiento.
Aquel día, la atmósfera era tan sombría que, se dice, el sol se ocultó entre nubes grisáceas, reflejando la tristeza de sus obras inacabadas y el vacío en su escritorio. Desde hacía tiempo, Juana Inés había dejado de asistir al locutorio, sumergiéndose en un silencio autoimpuesto. Su fama, que una vez fue un faro en la cultura virreinal, había sido relegada a murmullos de comprensión o desdén por su aparente castigo divino. Su última voluntad, que incluía la búsqueda de perdón y la entrega de su alma, se dio en un contexto de locura pandémica.
El convento, que alguna vez fue un refugio para su intelecto fervoroso, se vio asediado por la peste. La enfermedad, que nada tenía que ver con los brotes previos de viruela, se propagó rápidamente entre las religiosas, provocando llanto y desesperación. Juana se dedicó a cuidar de las enfermas, pero su salud fue decayendo; el dolor pronto la acorraló. Contagiada, su voz, antes vibrante, ahora languidecía entre súplicas y delirio. En su celda, con un simple sangrado nasal, dio su último suspiro a las cuatro de la mañana.
Su sepelio fue igualmente austero. Solo 85 monjas pudieron participar en una ceremonia que careció de la pompa que merecía su legado. En un contexto de ansiedad colectiva, características de la época, los supervivientes a la peste apresuraron el enterramiento de las víctimas, y su cuerpo fue depositado en un sepulcro antiguo, tras la reubicación de restos anteriores.
Las noticias sobre su muerte corrieron velozmente, sembrando murmullos en el Cabildo de la Catedral y llevando lamentos por la falta de exequias. Algunos citan que Francisco de Aguilar lamentó la ausencia de ceremonias, y rumores apuntan a que su amigo Carlos de Sigüenza y Góngora había preparado una oración fúnebre, pero esta permaneció en el olvido.
Juana dejó tras de sí un legado literario impresionante, aunque, para su partida, solo poseía un par de libros, tras haber sido despojada de su vasta biblioteca de 4,000 volúmenes y otros objetos de valor. En su testamento, sus últimas posesiones incluían un niño Dios, algunos cuadros y papeles que pedían ser leídos y recordados; lo que quedaba era una invitación a recomponer su voz en un mundo que había eludido su genialidad.
El silencio que la rodeó al final de su vida refleja un cambio en la percepción de lo que su figura representaba. A tres siglos de distancia, el eco de su historia persiste, recordando al lector que las grandes voces pueden ser calladas, pero nunca olvidadas.
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