El escándalo empezó a principios de este mes. Una investigación auspiciada por la Fundación Béjart a raíz de varias quejas de alumnos de la célebre escuela Rudra-Béjart de Lausana (Suiza). Supervisada por la fundación, derivó en la suspensión de las clases hasta el próximo curso y el despido fulminante de sus dos directores, Michel Gascard y Valérie Lacaze, acusados de abusos de poder y nepotismo.
Pero el caso no terminó ahí, pues la polémica estallada en las aulas hizo que se desataran también denuncias por parte de los bailarines del ballet Béjart contra Gil Roman, director artístico de la compañía desde 2007, por abusos sexuales y de poder.
Esta segunda parte de la investigación aún no ha concluido y, de momento, Roman se mantiene en su puesto, pero el caso ha vuelto a poner en evidencia el cambio de paradigma que parece estar atravesando el sector en paralelo a movimientos sociales como el Me Too.
Estereotipos
Cierto es que, desde fuera, la percepción que se tiene del mundo del ballet y la danza suele ser estereotipada. No contribuye que el cine, la televisión con sus concursos de danza que fabrican estrellas en dos semanas y las series ávidas de audiencias insistan en vender una imagen obsoleta de docentes y alumnos. Que encaja bien en la elaboración de sus dramas de sacrificio profesional pero no tanto en la realidad.
“Considero que son casos puntuales, muy anecdóticos, pero que se deben conocer”, admite Noales. “Que tomen esa relevancia es normal porque un buen docente no es noticia”.
Delicadas y crueles, exitoso título de Netflix desarrollado en una ficticia escuela de ballet norteamericana, avala ideas malsanas poniendo en los estudiantes convicciones erróneas y peligrosas sobre la profesión, que terminan siendo creídas por la audiencia. “El maestro de ballet es el cerebro y tú solamente eres el cuerpo”.


