El mundo se comprometió en Aichi (Japón) a crear en una década —de 2010 a 2020— una red de áreas protegidas que englobaran, al menos, el 17% de las zonas terrestres y marítimas del mundo y el 10% de mares y océanos para frenar la pérdida de biodiversidad. En global, el propósito casi se ha alcanzado: el 16,64% de la superficie terrestre y las aguas continentales del planeta, 22,5 millones de kilómetros cuadrados, se encuentra ya en zonas preservadas. En mares y océanos están protegidos 28,1 millones de kilómetros (un 7,74% del total, a dos puntos del objetivo). Pero, en este caso, el impulso procede de las aguas jurisdiccionales de los diferentes países. En el resto, en las aguas internacionales que ocupan la mayor parte del océano (un 64% del total), el escudo de defensa solo ha llegado al 1%, indica el último Informe Planeta Protegido 2020 del Programa Mundial para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (PNUMA) y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
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“Las aguas de alta mar siguen siendo el salvaje oeste”, reprocha Pilar Marín, bióloga de la ONG Oceana, que también recuerda que esa meta del 10% ya se había acordado en 2004 en el Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB). “Es verdad que ha habido avances significativos en la última década, como apunta el informe, pero teniendo en cuenta que les ha costado 20 años podemos decir que han sido realmente lentos”, matiza.
Los autores del documento consideran que se han producido importantes progresos en la cantidad de áreas que se han protegido, sobre todo en los últimos 10 años, pero no en su calidad. No hay forma de conocer cómo se gestionan porque los datos son “muy deficientes”. En este sentido, solo se ha evaluado la eficacia de su administración en el 18% de estos espacios, muy por debajo del 60% al que se habían comprometido las partes en el Convenio sobre la Diversidad Biológica, un tratado internacional casi universal con más de 196 Partes Contratantes.
Además, un tercio de las áreas clave de biodiversidad no están protegidas en absoluto y menos del 8% de la Tierra está preservada y conectada, lo que impide el movimiento de las especies y el mantenimiento de los procesos ecológicos. Un gran problema a resolver, señala Neville Ash, director del Centro de Monitoreo de la Conservación del Ambiente de la ONU (UNEP-WCMC, por sus siglas en inglés), porque a pesar de los avances logrados en los últimos años “designar y contabilizar áreas es insuficiente; necesitan ser administradas de manera eficaz y gobernadas de manera equitativa”.
“España es un claro ejemplo de que el manejo de los espacios preservados no es el adecuado”, señala Gema Rodríguez, responsable del programa de especies amenazadas de la ONG WWF. Aunque en la superficie terrestre se cumplen y se superan con creces los objetivos, con un 30% protegido por la Red Natura 2000 [áreas de conservación de la biodiversidad en la Unión Europea], “apenas se gestiona”, comenta.
Otro tanto ocurre con el mar. “Estamos hasta por encima de las metas de Aichi, con un 13% protegido aunque solo un 0,2% de forma integral (que no se permite ninguna actividad)”, señala la bióloga Marín. “Se ha avanzado mucho como con el parque nacional de Cabrera, que multiplicó su superficie por nueve hace dos años [de 10.000 a 90.000 hectáreas], pero el espacio mantiene el plan de gestión antiguo y está obsoleto”, añade. El corredor de Cetáceos del Mediterráneo, situado entre Alicante y Girona en paralelo al archipiélago balear con una superficie marina similar al tamaño de Aragón, “que es muy importante para los cetáceos, pero ni siquiera cuenta con un plan de gestión”.
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