El jitomate ha sido injustamente estigmatizado en el discurso oficial, convirtiéndose en el chivo expiatorio de la inflación en México. Este alimento básico ha sido señalado como responsable del 90% de la variación inflacionaria de 2026, un argumento que parece más una distracción que una solución a problemas económicos más profundos y estructurales. Mientras el Banco de México enfrenta críticas por no cumplir con su meta de una inflación del 3%, es más fácil culpar a una hortaliza que reconocer las debilidades inherentes en la economía nacional.
La preocupación por el precio del jitomate, que representa apenas el 0.17% de la inflación general, se vuelve insignificante frente a lo que se avecina: el fenómeno del “Súper Niño”. La Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) y la Organización Meteorológica Mundial ya anticipan un aumento anómalo de temperatura en el Océano Pacífico central, que podría superar los 2.5ºC, e incluso alcanzar los 3ºC durante el último trimestre del año.
Los impactos económicos de tales cambios climáticos son alarmantes. El Programa de Investigación en Cambio Climático de la UNAM estima que las pérdidas acumuladas podrían ascender a 27,000 millones de dólares debido a desastres naturales, disminución en la productividad agrícola y aumento en los costos de salud y energía. Esta situación pone de manifiesto que el llamado “efecto jitomate” es una mera distracción de la preparación técnica y presupuestal insuficiente del gobierno ante fenómenos climáticos predecibles.
Uno de los pilares de defensa ante desastres naturales era el Fonden, hoy reducido a una sombra con apenas 19,430 millones de pesos para la atención de emergencias. Sin un fideicomiso sólido con reglas de operación bien definidas, la capacidad del gobierno para responder ante posibles devastaciones dependerá de decisiones discrecionales que pueden estar más influenciadas por la popularidad del Ejecutivo que por la urgencia de la crisis.
El “Súper Niño” podría traer consigo consecuencias devastadoras, desde huracanes de gran magnitud hasta sequías severas que afectarían no solo la agricultura, sino también la generación hidroeléctrica, incrementando costos y presionando un déficit fiscal ya de por sí elevado. Es un síntoma de irresponsabilidad señalar a un jitomate por los problemas inflacionarios y de crecimiento, cuando el clima, que opera sin considerar dogmas ni austeridades selectivas, está a punto de presentar un desafío mayor.
La estabilidad financiera de México no se encuentra amenazada por un simple tomate, sino por el inminente “Súper Niño”. Este desdén hacia la preparación ante fenómenos climáticos refleja la falta de resiliencia del Estado, un problema que proviene de decisiones cegadoras basadas más en creencias que en hechos. La administración debe reconocer esta vulnerabilidad antes de que sea demasiado tarde.
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