El 17 de septiembre de 1880, Anna Parker Dixwell, miembro de la alta burguesía de Boston, pisó la Península Ibérica no solo como una viajera, sino como una artista en busca de inspiración. Junto a su amiga, la pintora Anna Cabot Putnam, y el médico pediatra Hermano Putnam, se aventuraron en un viaje que prometía descubrimiento y creatividad. Dixwell, al arribar, quedó cautivada por el ambiente español, describiendo la calidez y alegría de su gente, y la belleza de sus paisajes.
Este recorrido duró hasta el 11 de noviembre de 1880, y fue inmortalizado en un diario repleto de notas, bocetos y recuerdos tangibles, como plantas secas de la Alhambra. Seiscientos días después, en abril de 1881, regresó con un grupo de mujeres artistas que incluía a Lizzie Boott y Lucy Washburn. “Nuestro viaje se realizó en la estación de las flores”, escribió Dixwell, señalando la vivacidad del momento.
El volumen que ahora recoge sus notas, titulado Viajeras bostonianas, presenta la primera edición y traducción de sus relatos, contextualizando así su experiencia. Anna, quien había heredado una considerable fortuna familiar, no solo buscaba desarrollar su talento pictórico, sino también explorar las influencias culturales que conectaban a Estados Unidos y Europa en ese tiempo.
Recorriendo ciudades como Madrid y Granada, Dixwell se dejó atraer por la herencia artística de España, elogiando a maestros como Murillo, Goya y Velázquez. En un continente que se apresuraba a definir su identidad, ella encontraba en sus notas una visión objetiva y sincera de un país en transformación. “Madrid es, para mí, su gran museo”, confesó, refiriéndose al Prado, donde pasaba horas dibujando lo que allí veía.
Las mujeres también se adentraron en las costumbres locales, degustando delicias culinarias y asistiendo a corridas de toros. “Comía en cualquier parte”, reporta Dixwell con entusiasmo, capturando la esencia de su experiencia. Sus observaciones sobre España en ese contexto sirven como un testimonio crítico de los estereotipos comúnmente asociados con la cultura española de su época.
El viaje de estas mujeres no solo fue una búsqueda de arte, sino también un crisol de intercambios culturales, que reflejaron la fértil relación entre las intelectualidades de Estados Unidos y España durante el siglo XIX. Entre encuentros con figuras como Emilia Gayangos y otros profesionales de diversas nacionalidades, Dixwell notó cómo el cosmopolitismo de Madrid se traducía en una rica variedad de lenguas y experiencias.
Los viajes de Dixwell y sus colegas no solo han dejado un registro de un momento particular en la historia de España, sino que también invitan a reflexionar sobre el patrimonio cultural que cada viaje puede engendrar. Con una visión que contrasta la América posguerra civil con la Europa de su tiempo, su diario se presenta hoy como una ventana a un pasado que se celebra en el presente.
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