El vigilante de seguridad que el martes disparó contra tres antiguos compañeros de trabajo hacía 15 años que frecuentaba habitualmente un club de tiro y era titular de una licencia para poseer hasta seis armas de fuego. La suya era una afición indisimulada por las pistolas. Un interés que no escondía y que hizo patente al mandar una serie de correos intimidantes a personal de Securitas. La amenaza no activó las alertas antes de su asalto sangriento a la delegación de la empresa en Tarragona, donde dejó heridos a dos hombres y a una mujer.
Marin Eugen Sabau, de 45 años y conocido como Eugin, fue el presunto autor de un escrito desafiante que iba dirigido a algunas cuentas de la compañía con la que mantenía desavenencias. “Felices fiestas cabrones”, rezaba el mensaje, que acompañó de unas fotos donde se mostraba exhibiendo distintas armas cortas, y en las que lucía el chaleco fosforito del uniforme. El texto también señalaba a la empresa por tener prejuicios racistas. Una acusación que compartía con quien quisiera escucharle.
El pistolero de Tarragona un personaje conflictivo
Algunos compañeros de trabajo de Eugin le recuerdan como un personaje “conflictivo”, de recurrentes disputas con los responsables de la empresa. Había encadenado una baja de larga duración, una ausencia que terminó por ser el preludio de su despido de la compañía. Los Mossos han revelado escasos datos de la investigación, pero el proceder de Eugin tuvo tanta ira como cavilación. En la delegación de Securitas disparó contra el gerente, el inspector de zona y la jefa de servicio, pero dejó indemne a una secretaría. Luego, huyó a bordo de su coche y, a la altura de Reus, no dudó en abrir fuego contra un mosso que trató de cortarle el paso.
El agente sufrió heridas en un brazo. El pistolero se refugió en un viejo caserón rural entre Riudoms y Maspujols, donde se atavió con un chaleco antibalas y un rifle para defenderse del previsible asedio policial.”Solía hacer las prácticas de tiro con una pistola de 9 milímetros y con un rifle de repetición”, indica Xavier Fau. La licencia de armas que tenía desde hace una década y media le obligaba a pasar un psicotécnico ante la Guardia Civil, cada tres años. Junto con la licencia para poseer hasta media docena de armas, el pistolero tenía un permiso especial de recarga. Se trata de una habilitación para poder comprar los elementos que componen la munición y montarse uno mismo las balas.
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