Por Teodoro Lavín León
Después de tantos años viendo pasar gobiernos de todos colores y sabores, aprende uno -desde luego a través de los libros- leyendo desde acerca de los griegos y los romanos, sin dejar de lado a Maquiavelo; pero vivirlo en la practica te permite ver de qué está hecho cada funcionario nuevo, pues todos los carentes de experiencia se quieren comer el cargo y son profundamente inocentes, pierden el piso y se les olvida en general que la caída desde lo más alto duele más, y todos van a caer finalmente; los que duran son pocos, como Winston Churchill con su gran talento.
El poder político tiene una cualidad casi alquímica y transforma a quien lo toca. A lo largo de los años —sexenio tras sexenio— hemos visto cómo hombres y mujeres llegan a la política con discursos encendidos, promesas de cambio y una narrativa de cercanía con el pueblo, sólo para terminar absorbidos por la lógica del sistema al que juraron combatir. Algunos logran consolidarse, otros se desvanecen, y muchos más quedan atrapados entre la gloria momentánea y el olvido.
En sus inicios, la mayoría de los políticos construyen su imagen desde la carencia. Se presentan como ciudadanos comunes, como víctimas de la corrupción ajena o como la esperanza frente al hartazgo social. Esta etapa es crucial, aquí nacen los discursos más idealistas, las frases que se repiten en campañas y las promesas que conectan emocionalmente con la gente. El político en ascenso necesita ser reconocido, y para ello suele adoptar el lenguaje del descontento popular.
Sin embargo, el verdadero cambio ocurre cuando el poder deja de ser una meta y se convierte en una posesión. Una vez en el cargo, el político ya no compite contra el sistema, ahora forma parte de él. Es en este punto donde comienza la transformación más evidente. Las decisiones dejan de ser inmediatas, el lenguaje se vuelve técnico, y la cercanía con la ciudadanía se reemplaza por agendas, escoltas y reuniones privadas. El idealismo se enfrenta a la realidad administrativa… o a la comodidad del cargo.
Sexenio tras sexenio, el patrón se repite. Nuevos actores llegan prometiendo romper con el pasado, pero rápidamente adoptan prácticas similares a las de sus antecesores. No siempre por malicia, sino porque el poder también es una estructura que impone reglas, hecha de compromisos políticos, pactos económicos, presiones internas y externas. Gobernar no es sólo mandar, es negociar constantemente y, en ese proceso, muchas convicciones se diluyen.
Uno de los fenómenos más interesantes es el del encumbramiento acelerado. Hay políticos que, gracias a una coyuntura específica, por ejemplo una crisis, un escándalo o un vacío de liderazgo, ascienden de manera vertiginosa. Se convierten en figuras mediáticas, en símbolos del momento. Sus nombres aparecen todos los días en titulares, redes sociales y debates públicos. Parecen imprescindibles. Pero el poder político es volátil, así como eleva, también descarta.
Cuando termina el sexenio, la realidad es implacable. Algunos logran reciclarse y pasan de un cargo a otro, cambian de partido o se reinventan como analistas, líderes morales o “figuras históricas”. Otros simplemente desaparecen. Ya no generan interés, ya no tienen reflectores, ya no son útiles para la narrativa del poder. El silencio reemplaza al aplauso, y la memoria colectiva es sorprendentemente corta.
Este fenómeno no es exclusivo de un país ni de una época. A lo largo de la historia moderna, la política ha producido líderes que parecían eternos y que hoy apenas son recordados. El poder no garantiza permanencia, sólo ofrece visibilidad temporal. La verdadera diferencia entre quienes trascienden y quienes se desvanecen radica en el impacto real de sus decisiones, no en la intensidad de su discurso.
También, hay que decirlo, la ciudadanía juega un papel clave en este ciclo. Muchas veces se idealiza al político en turno y se le exige que sea salvador, cuando en realidad el sistema requiere vigilancia constante, participación y memoria. Sin exigencia social, el poder tiende a acomodarse, a repetirse y a protegerse a sí mismo.
En los últimos años, la transformación de los políticos se ha acelerado aún más por la inmediatez de los medios y las redes sociales. Hoy se puede pasar del anonimato a la fama nacional en cuestión de meses… y caer con la misma rapidez. La política se ha vuelto más espectacular, pero no necesariamente más profunda. El riesgo es que el espectáculo sustituya a los resultados.
Al final, el poder es un espejo incómodo. Amplifica virtudes, pero también defectos. Revela quién estaba preparado para servir y quién sólo buscaba ser servido. Sexenio tras sexenio, los nombres cambian, los discursos se actualizan, pero la pregunta permanece: ¿el poder transforma a los políticos, o simplemente revela quiénes fueron siempre?
Quizá la verdadera transformación pendiente no sea la de los políticos, sino la de una sociedad que deje de sorprenderse por su ascenso, y que empiece a exigirle cuentas claras antes de su desaparición. ¿No cree usted?


