La descomposición del Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha empezado a la vista de todos sin que nadie sepa a ciencia cierta dónde estará su final. Gobernó México durante más de 70 años consecutivos, hasta que perdió su poder con la llegada del siglo XXI. Desde el mandato de Enrique Peña Nieto, entre 2012 y 2018, el PRI no ha dejado de vaciarse en las urnas. La transfusión de militantes y cargos públicos hacia las filas del actual Gobierno está desangrando al partido. Los que no se integran en Morena, la formación del presidente Andrés Manuel López Obrador, se refugian en una alianza opositora que no logra sacar cabeza. La difusa ideología del PRI propicia esta doble diáspora que manda a unos a la izquierda y a otros al lado del conservador Partido de Acción Nacional, su eterno rival y ahora aliado. Esa división interna es la puntilla para el gran paquebote que nació de la revolución mexicana y ejerció un poder hegemónico durante décadas, gracias a su férreo sistema de sucesión presidencial.
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