Los exabruptos misóginos fueron parte de la artillería de declaraciones escandalosas con las que Jair Bolsonaro logró ser un político conocido en todos los rincones de un país enorme como Brasil. Cuando era diputado le espetó a una parlamentaria izquierdista, en el pleno de la Cámara, “nunca la violaré porque usted no se lo merece”. El presidente brasileño tiene un problema grave con las mujeres, un obstáculo en su deseo de ser reelecto y un dique de contención para quienes desean verlo lejos del poder. A seis meses de los comicios, las encuestas más recientes indican que solo un 25% de las electoras está dispuesta a votarle, 22 puntos menos que los hombres. Brasil nunca había tenido un candidato con un apoyo tan dispar entre ambos géneros hasta que el militar retirado llegó a primera línea de la política. Incluso en la elección de Dilma Rousseff unas y otros votaron similar.
“La primera vez que me llamaron misógino no sabía lo que era, tuve que buscar en Google”, contó Bolsonaro en una entrevista al poco de llegar a la Presidencia. Años antes fue el único diputado que votó contra la ampliación de los derechos laborales para las empleadas domésticas.
A menudo se destaca que los evangélicos impulsaron la victoria de Bolsonaro en 2018 porque ocho de cada diez votó por él. Es mucho menos recordado otro dato contundente: dos de cada tres varones brasileños marcó el número del militar en la urna electrónica.
Bolsonaro y su equipo son conscientes del problema —que ya tuvo en 2018 aunque en el último minuto revirtió la tendencia— y han empezado a tomar medidas para ganarse al público femenino, como implicar más a la primera dama, Michelle, y apoyarse en la pastora evangélica Damares Alves, hasta hace nada ministra de Mujer, Familia y derechos Humanos. Ha dejado el cargo para concurrir a las próximas elecciones.
Y el presidente abrió un hueco a las brasileñas en los directos semanales que difunde en Facebook. “Este mes de marzo, todos los jueves, vendrá una ministra a hablar de 10 a 12 minutos máximo y comentar políticas para las mujeres”, anunció. Y así fue. Desde ese espacio en el que rara vez le acompaña una mujer que no sea la traductora del lenguaje de signos, ellas y varias secretarias de Estado desgranaron las acciones gubernamentales centradas en las brasileñas.
Pese al precedente de Rousseff y a que existen cuotas para las candidaturas, la presencia de mujeres en la política brasileña es escasísima si se compara con el resto del mundo. Este Gobierno siempre ha tenido muchos más ministros militares que ministras. Solo hay una gobernadora, y parlamentarias, alcaldesas y concejalas rondan el 15%.
Como les ocurre a otros líderes internacionales de extrema derecha, la animadversión femenina hacia Bolsonaro empieza por su estilo. La socióloga Esther Solano explica que el mandatario brasileño “representa ese modelo de macho en el que la agresividad es un elemento intrínseco de su manera de hacer política”. A esos modos que le acompañan durante su larga carrera política, se añaden otros que han aflorado desde que es presidente. “Muchas brasileñas son madres solas y consideran los cuidados muy importantes. Para ellas, ver cómo se burlaba de los muertos de la covid ha sido muy agresivo. También les resulta frustrante que se presente como defensor de las familias y en la pandemia incumpliera su promesa de cuidarlas”.
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