Recientemente, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó que la economía de México experimentó un crecimiento del 1.5% en el segundo trimestre del año, y un aumento del 2.1% a nivel anual, marcando su mayor avance desde finales de 2023. Esta noticia, presentada como el fin de la desaceleración económica, fue rápidamente seguida por un ajuste de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que recortó sus proyecciones de crecimiento para México, reduciendo la estimación para 2026 del 1.5% a un modesto 1.3%.
Ante este contexto, surge la pregunta: ¿se han equivocado el INEGI o la CEPAL? La respuesta, en realidad, parece ser un equilibrio entre ambos. Lo que explica este repunte es, en gran medida, un efecto estadístico. El arrastre que deja el primer semestre es de 1.2%, lo que implica que, incluso si la economía se mantiene estancada en la segunda mitad del año, el cierre anual podría rondar esta cifra. Es crucial destacar que el crecimiento fue impulsado en gran medida por la actividad en abril, especialmente en los sectores de construcción e infraestructura por el Mundial. Sin embargo, los datos de mayo mostraron una reversión en este crecimiento, y junio trajo una ligera recuperación, al iniciar el tercer trimestre con escaso impulso inercial.
Una mirada más detallada a los componentes del crecimiento revela un panorama mixto. Según la CEPAL, el avance económico ha sido sostenido por el consumo privado, el consumo público y las exportaciones. Sin embargo, la inversión ha tenido una contribución negativa al Producto Interno Bruto (PIB). Las cifras de junio indican que la inversión fija bruta en maquinaria nacional cayó un alarmante 13.3% en mayo y un 10.5% de manera acumulativa. Del mismo modo, la inversión privada total disminuyó un 1.3% en mayo y un 1.9% en el primer semestre, contrastando con un notable crecimiento del 19.7% en la inversión pública en mayo y hasta un 56.2% solo en junio, impulsada por proyectos relacionados con el Mundial.
Esta situación plantea serias preocupaciones sobre la vulnerabilidad económica del país. Una economía que crece a través de obras públicas temporales, y no por inversión privada productiva, se encuentra en una posición precaria, expuesta a cualquier tipo de choque externo sin un colchón suficiente para absorberlo.
Recientemente, los choques externos han coincidido en afectar a la economía mexicana. Por un lado, los rendimientos de los bonos del Tesoro de Estados Unidos a 30 años alcanzaron el 5.34%, un nivel no visto desde 2007. Ante esta ola de ventas, el Departamento del Tesoro tuvo que intervenir, anunciando que duplicará las recompras de deuda a largo plazo para garantizar mayor liquidez. Cuando las tasas de interés a largo plazo en EE.UU. aumentan, el costo del crédito también se eleva, afectando a todos, desde los prestatarios individuales hasta las deudas de empresas como Pemex.
Además, el precio del crudo tipo Brent cerró recientemente en alrededor de 92 dólares por barril, impulsado por la persistencia del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán y el riesgo asociado al Estrecho de Ormuz. Este aumento tiene un efecto inflacionario a nivel global, generando una combinación tóxica para la política monetaria.
En este contexto, el Banco de México (Banxico) ha mantenido firme su postura, destacando en su reciente reunión de política monetaria que el nivel actual de la Tasa Objetivo se determinó por unanimidad. Aunque la inflación ha descendido al 3.10% y la inflación subyacente al 3.95%, la Junta de Banxico advierte que la persistencia del conflicto en Medio Oriente sigue siendo un factor de riesgo en alza.
En Estados Unidos, la situación es paralela. Según un sondeo de Reuters, se prevé que la Reserva Federal mantenga sus tasas sin cambios este año, a pesar de que la inflación subyacente se mantiene por encima del 4.0%.
Este escenario presenta una paradoja notable: aunque el peso se ha fortalecido, cotizando en 16.95 por dólar, México enfrenta el crecimiento más débil en América del Norte. Esta apreciación no se debe a un aumento en la productividad del país, sino a la imposibilidad de Banxico de reducir tasas, combinado con la percepción de que la tregua arancelaria entre EE.UU. y Canadá ofrece beneficios a México en la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).
Recientemente, el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, indicó que México está cada vez más cerca de alcanzar acuerdos significativos en sectores como acero, aluminio y automóviles, después de la prórroga de aranceles del 50% a Canadá. Esta dependencia de las negociaciones de otros países destaca la fragilidad de la situación.
El rebote económico del segundo trimestre, impulsado por el Mundial, nos otorga un respiro. Sin embargo, la ventaja de construir estadios llegará a su fin en julio de 2026. La verdadera ventaja competitiva dependerá de la capacidad de tener acceso a energía, almacenamiento y certidumbre jurídica para incentivar la inversión privada, que actualmente está en declive.
En conclusión, la diferencia entre sensibilidad y vulnerabilidad es crucial: ser sensible implica verse afectado, mientras que ser vulnerable significa carecer de un Plan B adecuado. La dirección que tome la economía mexicana en los próximos meses dependerá de cómo se gestionen estos desafíos y se diseñen políticas efectivas para fomentar una inversión privada sólida y sostenible.
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