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El regreso de las papas nativas a Cundinamarca

Redacción by Redacción
3 noviembre, 2022
in Internacional
Reading Time: 9 mins read
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Adriano Pinilla corta una papa en su finca de la vereda El Alisal, cerca de Ubaté (Cundinamarca). El interior del tubérculo revela un extraño color violáceo. El campesino, de 64 años, comenta entre risas que esto repele a los consumidores: algunos creen que les saldrá “un caldo morado”. Él no lo entiende. Le parece que son ricas de todos modos y tiene razón. La andina es seca y arenosa, mientras que la tocarreña posee más consistencia. No tienen nada que envidiarles a sus hermanas más exitosas, la pastusa superior y la criolla.

Los Pinilla vivieron de las papas durante décadas. Sembraron las especies nativas hasta que comenzaron a desaparecer en Cundinamarca, el departamento que concentra el 37% de la producción colombiana de ese tubérculo, según datos del Ministerio de Agricultura en 2019. Después, ellos y sus vecinos continuaron con las variedades comerciales que se encuentran en todos los mercados del país, hasta que hace unos años los insumos se volvieron demasiado costosos y la finca de los Pinilla se pobló con vacas lecheras para subsistir. La hija de Adriano, Marcela, cuenta que la familia sufrió por tener que comprar lo que antes producía. “Mi padre lloraba cuando volvía del mercado con pérdidas”, cuenta.

Adriano Pinilla recorre su huerta con algunos ejemplares de papas nativas.ANDRES CARDONA

Ahora, sin embargo, estos tubérculos han vuelto a ocupar un lugar importante para la familia: Marcela, de 32 años, trabaja para recuperar las especies nativas a las que su padre tiene un cariño especial. Ha vuelto hace tres meses a su trabajo en un laboratorio que funcionó entre 2014 y 2017. Allí fue donde aprendió sobre reactivos, preparación de medios, extracción de meristemos y otros términos científicos de los que antes no tenía idea.

El laboratorio es parte de una iniciativa de la Universidad Javeriana y el Fondo Regional de Tecnología Agropecuaria (FONTAGRO). En 2013, Marcela y su prima, Consuelo Rincón, se formaron con investigadores universitarios para aprender a limpiar genotipos de papa. Es decir, en mejorar la calidad de las semillas y lograr que los pequeños tubérculos de los que crecen las papas no tengan hongos, virus o bacterias.

El objetivo de entonces se centraba principalmente en las variedades comerciales. La idea era que la comunidad pudiera producir sus propias semillas certificadas. Pero, en 2016, comenzaron los problemas económicos ante el aumento de los insumos. “¿Para qué seguimos trabajando con las papas si nadie las quiere?”, se preguntaron. Donaron los tubérculos que quedaban y se pasaron a las orquídeas. Siguieron dos años más, hasta 2018, cuando el laboratorio cerró y quedó abandonado.

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Los científicos de la Universidad Javeriana, no obstante, han decidido volver a apostar por las papas de la vereda El Alisal. Descubrieron en los primeros años que todavía algunos campesinos cultivaban estas especies para autoconsumo, pero que cada vez eran menos y que las que tenían eran víctimas de plagas y enfermedades. “Pensamos que, si queríamos rescatar esas variedades, no sería responsable distribuir semillas con problemas”, comenta por teléfono la investigadora María del Pilar Márquez. Remarca junto a sus compañeros que es importante evitar que las afecciones fitosanitarias dañen los lotes de los campesinos. Las enfermedades que se propagan hacen que se requieran productos químicos y se reduzca el número de tubérculos que produce cada planta.

La papa española también dejó de ser cultivada. Solo algunas variedades comerciales son certificadas en Colombia.
La papa española también dejó de ser cultivada. Solo algunas variedades comerciales son certificadas en Colombia.ANDRES CARDONA

Las especies nativas de papa les importan a los científicos porque poseen un legado cultural y biológico de siglos, con una gran diversidad de texturas, colores y sabores. Pero enfrentan aún más desafíos que las comerciales para subsistir. Según una publicación de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC), algunos de los limitantes son la presencia de infecciones en los cultivos, el limitado acceso a semillas certificadas, el bajo rendimiento y el desconocimiento de la población.

Un posible mercado son los restaurantes de alta cocina, que tienen cocineros con “sensibilidad” a la diversidad de papas, según comenta el investigador Wilson Terán. No obstante, su compañera Adriana Sanz enfatiza que hay que expandirse a mercados localizados en ciudades cercanas a los campesinos. Con los restaurantes no es suficiente y así lo reafirman por teléfono desde la Federación Colombiana de Productores de Papa (Fedepapa). Los volúmenes que solicitan son pequeños y no logran generar la economía de escala necesaria para hacer redituable la logística de comercialización.

Otros países, como Perú, han tenido éxito. En Fedepapa consideran que Columna Digital vecino logró posicionarse internacionalmente, con mercados diversificados. Colombia, en cambio, produce casi todo para el mercado interno.

Retorno al laboratorio

Marcela ha cambiado su rutina desde la reapertura del laboratorio: se levanta todos los días antes de las 5.00, ordeña sus vacas a las 5.30, desayuna y se encuentra con Consuelo unos minutos antes de las 8.00. Caminan alrededor de 15 minutos hasta el laboratorio, una construcción cuadrada de ladrillo que parece solitaria en un entorno de alisos, tilos, vacas y caballos. El único otro edificio visible desde allí es la Escuela Francisco José de Caldas.

Marcela Pinilla y Consuelo Rincón, trabajando en el laboratorio.
Marcela Pinilla y Consuelo Rincón, trabajando en el laboratorio. ANDRES CARDONA

El laboratorio sorprende en su interior con una limpieza impecable. Todo parece reluciente. Marcela y Consuelo, que llevan siempre tapabocas, se han vuelto expertas en desinfección. Usan hipoclorito, alcohol y un compuesto bactericida de la marca Timsen. Tienen un autoclave, un artefacto a presión que sirve para esterilizar objetos. Una vez, cuando comenzaban en este oficio, casi llega a “rojo” y explota como una “bomba atómica”. Ahora ellas tienen práctica y eso nunca sucede. Como tampoco ocurre que revisen constantemente las instrucciones. Ya las saben de memoria.

El espacio está dividido en un “área gris” y un “área blanca”. En la primera, Marcela y Consuelo preparan los medios, unas mezclas de nutrientes con las que después crecen in vitro las plantas. Hay tres opciones: el 516, el 524 y el 561. El objetivo es ver con cuál crece mejor cada variedad. Después pasan al “área blanca”, que es donde los tejidos meristemáticos se desarrollan y se convierten en plantas. Cada recipiente tiene escrito la especie de la papa con la fecha en la que se incorporó.

Tanto Marcela como Consuelo reconocen que se sintieron intimidadas respecto al regreso al laboratorio. Pero ahora están entusiasmadas. “Es una alegría ver crecer a una planta que sale de una célula tan pequeña”, dice Marcela. “Un meristemo es más pequeño que la cabeza de un alfiler”, acota Consuelo. Ambas tienen el “sueño” de conseguir en el laboratorio unos pequeños tubérculos sin enfermedades que después se propaguen y permitan llenar dos invernaderos cercanos.

Las campesinas admiten que es un proceso largo. Están acostumbradas a descartar experimentos cuando las plantas toman un color café o las hojas se arrugan. “A veces inicia con fuerza la plantica, pero luego vemos que el tallo está muy débil, que no crece más”, cuenta Consuelo. De momento, una de las certezas es que el medio 561 es el menos eficiente.

Adriano Pinilla corta a la mitad algunos ejemplares de papas nativas de Colombia.
Adriano Pinilla corta a la mitad algunos ejemplares de papas nativas de Colombia.ANDRES CARDONA

La estimación de los científicos es que se tardará un año en cosechar papas nativas con las semillas producidas en el laboratorio. Cuando esto suceda, Marcela y Consuelo enfrentarán el desafío mayor: convencer a los vecinos de volver a cultivar este tubérculo. Ellas saben que es difícil, pero tratan de ser optimistas. Cuentan que un vecino, José Alí Molina, les preguntó una vez qué era “eso” que hacían en el laboratorio. Ellas le explicaron y él se llenó de alegría. “¡Son las que cultivaba mi papá!”, exclamó antes de prometer que iba a volver a sembrarlas.

Marcela muestra al regresar a su casa la selección de papas nativas que ha obtenido de una cosecha de tubérculos provenientes de Boyacá. Las plantaron en una parcela al lado del laboratorio y hace unas semanas las recolectaron. Son de todos los tamaños y colores. Adriano las observa, rodeado de casi una decena de familiares. Habla con ilusión del trabajo de su hija: espera que recupere “las papitas antiguas” que él sembraba con su padre.

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