En todas las familias balan ovejas negras. Antes de darlo por perdido, al pariente descarriado se le suelen aplicar correctivos in crescendo a ver si entra en vereda. Se le riñe. Se le castiga. Se le suplica. Se le llama a capítulo. Se le retira la palabra, y, en casos extremos, se le deshereda y se hace como si no existiera. Todo depende, claro, de la magnitud de las fechorías. No es igual, yo qué sé, un asesino, que un pobre desgraciado que roba para dar de comer a sus hijos, un toxicómano, un tarambana, o un golfo simpático que echa a perder su vida y la de los suyos por su avaricia y su lujuria, pecados capitales de fácil absolución en el confesionario adecuado. El problema es cuando el golfo es el paterfamilias del que depende la supervivencia del clan en pleno. Conviene entonces que los hijos adopten medidas quirúrgicas si no las toma él mismo. Otra cosa son las heridas internas, y las cicatrices.
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